PSIQUIATRICO PORTADA

TRABAJANDO EN UN PSIQUIÁTRICO

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Cuando uno trabaja dentro de un psiquiátrico, no actúa como en el resto de empleos. En el momento previo a ocupar tu puesto, no vas saludando a todas las personas que te encuentras en el camino. En el sanatorio, pasas velozmente hacia tu oficina intentando evitar las caras desencajadas de los internos con sus vistas perdidas en el infinito y sus bocas babeantes.

Yo tuve la desgracia de que un familiar muy cercano padeció Alzheimer y es triste ver como alguien al que quieres deja de reconocer a todas las personas, incluso a su propia pareja y se incapacitan hasta el punto de necesitar a alguien para algo tan elemental como beber.

Los enfermos del manicomio que podían caminar por los mismos lugares por donde lo hacía el personal de administración en donde trabajaba en mi primer empleo, solían ser individuos con esquizofrenias medicadas o trastornadas por el consume excesivo de alcohol o de drogas. Como la reacción ante una conversación con ellos la preveía como imprevisible, prefería no correr el riesgo de pasar un mal trago y me dirigía sin pausa hacia mi puesto de trabajo. Todo ello estaba dentro de un convento, construido con piedras de granito, cuyo gris oscuro y la robustez del diseño, delataba que lo que ahora se había convertido en un centro psiquiátrico, había sido un lugar sombrío para la meditación monacal.

Conxo

Todos los días después de entrar por una puerta de madera inmensa, recorría un claustro por el que paseaban los enfermos que en general, tenían un estado de aparente letargo. Al aproximarme al despacho, tenía que recorrer un pasillo oscuro a cuyos lados había múltiples puertas y al final del mismo, este giraba a la derecha  terminando de formar una ele hasta llegar a la oficina. Todos los que trabajamos allí, alguna vez pensamos que al final del pasillo algo nos esperaría para no dejarnos salir nunca más de ese lugar.

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Pero no todo era siniestro en ese sitio. A veces me contaban historias que generaban hilaridad. Detrás del convento estaban sus jardines de setos y flores cruzados por calles de tierra por donde transitaban los enfermos . En alguna ocasión eran acompañados por personal sanitario y otras lo hacían solos. En algunos casos, dejaban salir sus instintos y sin que el pudor los detuviese se desnudaban. Me contaban que algunos agarrando su miembro, lo hacían girar orbitando sobre su entrepierna mientras saltaban y corrían por el jardín sin que los enfermeros pudieran atraparlos. Todo esto me hizo aumentar el mito de los locos con penes enormes. En otras ocasiones, me imagino que con ansiedad, se dirigían a una caseta abandonada donde hombres y mujeres fornicaban sin descanso y sin compromiso.

Sin embargo, otros pacientes ya no estaban para esos trotes, entre los que estaba Monchito. Un hombre afable, pero tan trastornado el pobre, que apenas podía hablar. La falta de dentadura, no facilitaba su dicción.

Recuerdo que un día estábamos reunidos en una sala exponiendo el proyecto de nuestra empresa al que para entonces era el director de varios centros sanitarios de la zona. Curiosamente ahora es el presidente de la comunidad autónoma de donde vivo. Resulta que en medio de la reunión apareció Monchito. Debo advertir que no venía vestido para la ocasión, su pantalón demasiado ancho a duras penas se sostenía con una cuerda y su camisa a cuadros ni de lejos combinaba con los colores del resto de la vestimenta. Por supuesto la reunión refinada, se detuvo ante la visión del inesperado visitante. Monchito, tratando de no desencajar en la misma y para romper el hielo, intentó pronunciar unas palabras que resultaron ininteligibles mientras un reguero de baba descendió por la comisura de sus labios. Sin detenerse, se dirigió arrastrando los pies hacía el mejor vestido de la sala con el fin de estrecharle la mano. El Director desencajado trató de salir del tramite lo más rápidamente posible y le ofreció la suya.

Aunque pasen cien siglos seguiré recordando esa escena como si el cuadro de la rendición de Breda de Velazquez se tratara. Una secuencia que recordaríamos mis compañeros y yo en los momentos en los que uno quiere recordar anécdotas simpáticas.

Pero volviendo al terror, recuerdo algunos acontecimientos que me relataba uno de los cocineros que allí trabajaba. Con frecuencia estando sólo en la cocina, veía como entraba algún enfermo y pasaba cerca de los cuchillos. Me contaba el cocinero, que se estremecía al pensar que podrían agarrar alguno de esos cuchillos o machetes para utilizarlo contra él.

Tras el convento y el jardín, estaban los pabellones de los enfermos. Tres estructuras enormes de edificios alargados, del siglo XIX, cuyas entradas semejaban a las que poseía en su mansión Escarlata O’hara en “Lo que el viento se llevó”.

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Algunos enfermos, se encontraban confinados, sin que nadie pudiera entrar a verlos salvo que fuesen custodiados por celadores de gran fuerza. Eran dementes peligrosos, capaces de hacer cualquier cosa a una persona. Ese pabellón era denominado por unas siglas que ahora no recuerdo, pero os aseguro que sólo su nombre intimidaba.

Para alimentarlos, el cocinero enviaba las viandas a través de un montacargas. Cuando se acercaba la hora de la comida, los enfermos hambrientos de ese pabellón tan peligroso, golpeaban las verjas mientras vociferaban a través del túnel del elevador con gritos que parecían aullidos. Me contaba que se imaginaba atemorizado que alguno de esos locos, descendía en el montacargas hasta la cocina.

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A pesar de todas estas circunstancias que te generaban inevitablemente en el subconsciente un temor, yo lo iba llevando bastante bien, hasta que un día me llevé una sorpresa.

Al llegar a la oficina, me encontré que esta estaba cerrada y en la puerta había una nota que decía:

– Manuel, te esperamos en la cafetería.

Pensé, no me podéis hacer esto, me va a dar un patatús. La cafetería estaba dentro de los pabellones.

Por lo pronto, nunca había ido al jardín que tenía que cruzar para llegar a los edificios. Os podéis imaginar como lo recorrí, más tieso que un palo y con unos pies veloces que no hubieran encontrado obstáculo aunque se lo pusieran. Por su puesto mi cabeza giraba de lado a lado mas rápido que una parabólica en un vehículo lunar. Cuando llegue al edificio, ya había visto un buen número de enfermos por los jardines, pero ni se me pasó por la cabeza preguntarle a alguno de ellos donde estaba exactamente la cafetería.

Debía estar pálido como un muerto, ya que se me acercó un hombre bien vestido y me dijo:

.-Es la primera vez que vienes, ¿verdad?. No te preocupes, a mi me pasó lo mismo.

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Menos mal, era un doctor. Tras indicarme por donde tenía ir, atravesé una puerta que me llevó a un pasillo muy largo y alto que tenía unas ventanas enormes. Salvo alguna enfermera, el resto iban vestidos con unos camisones que descendían hasta la altura de las rodillas. Alguno de los individuos se balanceaba contra la pared de manera compulsiva y otros con sus rostros que no ocultaban lo lunáticos que estaban, hablaban sin que pudiera entenderles nada. Alguno se dirigió a mi pero lo esquivé de la manera mas educada que pude. Finalmente llegué a la cafetería del personal del centro, como el que llega sano a su casa después de una batalla, pero allí no había nadie.

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Tras regresar a mi puesto de trabajo, me encontré a mis amigos felices sin saber lo que me había sucedido, mientras yo me reponía como podía de la impresión. Se habían ido a una cafetería que estaba fuera del convento. Lo primero que les dije fue:

.- Esto no se hace, por Dios.

Pero después de toda esta experiencia, ¿sabéis lo que más temía?. Que me confundieran con algún enfermo y me recluyeran en el pabellón cuyas siglas ahora no recuerdo.

MANCROW

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