LAS HABAS DEL AMOR

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Si tuviese que definir a Marruecos con un color, ese sería el amarillo. Parece estar presente en todos los lugares de ese país, incluso mezclándose con las sombras. Sin embargo, el que mas se conserva en mi recuerdo es el negro.

Su sociedad es totalmente diferente a la nuestra. Los hombres son reservados y desconfiados con el extranjero. Cuando hablan contigo, parecen decir lo que no piensan. Quizás nos tienen resquemor, justificado por siglos de disputas con occidente, pero cuando tienen confianza, son afables y hospitalarios. Su aspecto es moreno de pelo negro, en muchos casos rizado.

La mujer, ocupa un segundo plano en la sociedad y las tareas mas complejas son realizadas por ellas con abnegación y entrega, sin protestar. Son de tez aceitunada, con figuras esbeltas que las hacen especialmente atractivas, aunque por lo que mas destacan es por sus ojos, tan negros, que parecen de azabache. Su cultura les impidió durante siglos mostrar su rostro, que tapaban dejando únicamente sus ojos a la vista de los demás. Por este motivo, están acostumbradas a hablar con el lenguaje de sus miradas, que dice mas que mil palabras. Y os lo digo, porque me han hablado con esos ojos.

Cuando aterricé en Casablanca, un taxi nos recogió a un amigo de Bilbao y a mi, para llevarnos al centro de la ciudad, en donde nos reuniríamos con otros amigos, entre los que estaba David.

En la primera tarde de mis 15 días de vacaciones en Marruecos, mi amigo me llevó a una de las cafeterías mas famosas de la ciudad. Era moderna, nada que ver con los bares tradicionales de la zona, en donde no dejaban entrar a mujeres, ni beber alcohol.

Se respiraba un ambiente occidental, con música ambiental y multitud de mujeres y hombres conversando y bebiendo. En cuanto nos sentamos, me señaló otra mesa, donde 4 chicas hablaban y se reían mientras nos miraban. David me indicó una de ellas y me preguntó si me gustaba. Aun no me había dicho que era su novia. Pero yo no le presté mucho la atención, porque fue la mirada de otra, la que capto todo mi interés. No se si fue el ambiente, el estar en otro país o las emociones del viaje, pero esos ojos se clavaron en mi haciéndome perder la realidad. Quizás eso sea un flechazo. Se llamaba Yamileth.

Por la noche nos reunimos todos los amigos en un restaurante de lujo de la ciudad. Dos gigantes vestidos de militar custodiaban la entrada. En aquella época, como ahora, la amenaza terrorista estaba presente y cualquier local frecuentado por extranjeros estaba bajo amenaza. Era un edificio de planta baja, su interior era de madera, ricamente decorado con objetos árabes que le daban un toque exótico para el gusto occidental. La comida era exquisita y fue servida por los camareros con el correcto protocolo de un lugar como ese, lo que demostraba tener un metre de altura.

A aquel restaurante, no sólo acudirían mis amigos, también estaba Yamileth.

Hablamos del viaje que haríamos los siguientes días por el interior del país, pero no recuerdo exactamente lo que dijimos, porque yo no podía dejar de ver disimuladamente sus ojos que me miraban con timidez.

Las imágenes del viaje se mezclan en mi memoria como un puzzle desordenado, quizás algún dia lo relate con detalle.

Recuerdo viajar por una llanura con aspecto de paisaje lunar que se perdía en el horizonte. Allí desde el todoterreno en el que viajaba, vi otro a nuestro lado despidiendo polvo por detrás según avanzaba. Y mientras, sentí como mi corazón palpitaba al mirarla y ver como sus cabellos se movían por el viento.

También viene a mi memoria una fiesta en uno de los albergues del camino, con música de tambores, luces tenues y su sonrisa destacando sobre todo.

O la noche que pasamos en la planta alta de una vivienda a los pies de una cañada entre montañas y como el reflejo de la luna entraba por la ventana, haciendo contraluz con su silueta.

No olvidaré la sensación de ducharme desnudo en una cabaña de barro antes de encontrarme con ella para ver juntos el amanecer en el desierto.

Tampoco de cuando escuchaba los rezos que salían de las mezquitas de Casablanca con sus lamentos interminables, desde el calor de la habitación y como ella pasaba una toalla húmeda para quitarme el sudor.

Todo eso ordenado, fue una historia de amor.

El día anterior a mi regreso a España, quedamos en la Mezquita de Hassan II que está en Casablanca, para despedirnos. Tendría que ir solo, ya que mis amigos se habían incorporado al trabajo.

Salí del edificio con cierto miedo en un país que me parecía peligroso. Caminé dos bloques de edificios y cruce un bulevar que me hizo imaginar que estaba en el Nápoles de los años 50; calles mojadas, con restos de basura, adornadas por ropa colgada desde las viviendas y unos niños jugando al futbol en el medio del paseo.

Cuando llegue a la mezquita, me abrumó la gente, pensaban que era Italiano. Querían venderme múltiples cosas y alguno incluso me pedían que los invitara a té. Mientras, yo no paraba de buscarla con mi mirada.

La mezquita de Hassan II se encuentra al lado del mar, precedida de una llanura de cerámicas fastuosas. Su tamaño colosal, la convierte en la segunda Mezquita mas grande del mundo. En ese lugar descubrí, lo que llama mucha gente el lujo asiático. Los mármoles y la construcción en general me hacían pensar en un gasto excesivo y me recordó que quizás no se diferenciaban tanto de nuestras iglesias.

Dentro, resultó curioso ver que las mujeres tenían que estar separadas de los hombres y que su lugar era una especie de anfiteatro enjaulado . Yo no lo perdía de vista, por si allí se encontraban mis ojos negros de azabache. Al salir, esperé sentado en unas escaleras mirando a todos los lados. Cuando me aburrí, camine paseando por todo el malecón. Pero las horas pasaron y ella no apareció.

A la mañana siguiente me dirigí al aeropuerto y allí estaba mi amigo de Bilbao, con el que había llegado de España. Al acercarme a él saco un sobre y me lo dio. Era de ella.

Lo abrí y decía lo siguiente:

“Hola Manu, espero que cuando leas este cuento, entiendas el motivo de no haberte ido a ver para despedirnos.

Cuenta una leyenda que existió un rey poderoso que quería casarse. Para ello, eligió a las 5 mujeres mas bellas del lugar. Pretendía convivir por 50 días con cada una de ellas. Entre las cuales elegiría a aquella que se convertiría en la única reina para darle todo su poder y riqueza.

Cuando le tocó el turno a Jazmín, esta guardó en un bote de cristal, 50 habas y cada día quitaría una para saber el tiempo que le quedaba con él. Durante ese periodo ella le cuidaba y complació en todo al rey y cada día que pasaba, no se olvidaba de sacar una haba del recipiente. Cuando el bote estaba a punto de vaciarse, ella no pudo con su angustia, agarró en su mano las últimas habas que le quedaban y se dirigió al rey.

Soltando las habas en el suelo le dijo: -Señor, vengo a entregarle los días que me quedan con usted, si no me elige, prefiero que se marche ya y recordarlo por los tiempos vividos en su compañía y no por el sufrimiento de los días en que nos despidamos”.

El señor conmovido se dio cuenta que ella le amaba y como eso era lo que buscaba, se quedó para siempre con ella.-
Manuel, como le pasó a jazmín, prefiero recordarte por nuestro viaje que por nuestra despedida”.

No tuve la decisión del rey para quedarme y volví a España, pero mi Jazmín de ojos negros de azabache, siempre estará en mi memoria.

Mi pregunta es:

¿Tuvisteis alguna vez un amor que ambos quisísteis pero no pudo ser?

MANCROW

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