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LA TIENDA DE JUGUETES

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Os juro que estaba allí, al final del pasillo. Cuando entré en la vivienda de mis padres, lo vi impasible, apoyado en la entrada del cuarto de baño. Yo estaba en el umbral del apartamento, de frente al largo corredor que conducía a las diferentes habitaciones. Al fondo, se encontraba aquel muñeco, con su sonrisa y su mirada inexpresiva. La cabeza la cubría un sombrero acabado en punta como el de un mago del que sobresalían sus pelos de trapo. De su cara destacaban los ojos negros, oscuros y grandes que me miraban.

¿Cómo era posible que estuviera allí?, antes de irme al colegio, lo había dejado debajo de la cama dentro de una caja, pero ahora se encontraba en la entrada del lavabo. Algo me decía que estaba esperándome.

Cerré la puerta de la entrada de golpe, temiendo que recorriera la distancia que nos separaba para venir a mi encuentro. Yo sólo tenía 10 años.

Cuando llegaron mis padres de sus trabajos, yo estaba en el descansillo del edificio, preparado para salir a toda velocidad si se abría la puerta que con tanta energía había cerrado para poner un obstáculo en el medio de aquel muñeco. Incomprensiblemente, cuando mis padres entraron en el apartamento, ya no estaba donde lo había visto por última vez. Les expliqué lo sucedido y se dirigieron a mi cuarto. Al sacar la caja, me derrumbé al ver que en el interior estaba el maldito muñeco.

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Me desperté agitado a mitad de la noche. La iluminación de la luna entraba mortecina a través de la ventana, al atravesar la cortina le daba a la luz un aspecto irreal que se difuminaba a mitad de la habitación. Sentí la boca seca y unas ganas insoportables de orinar. Asustado, miré alrededor de la habitación.- ¡Mamaaaaa!, grité, sin que recibiera una contestación. Sentí una fuerte presión en mi vejiga y sabía que pronto me mearía encima si no iba al baño. Al día siguiente me haría sentir peor la vergüenza de haberme meado en la cama que el regaño posterior de mis padres.

Me incorporé de la cama y al llegar al pasillo, me resultó extraño ver la luz de la cocina encendida, pero me olvidé de esa circunstancial al darme cuenta que me permitía caminar hacía el cuarto de baño sin encender otra luz. Mientras estaba en el inodoro, escuche un ruido en el pasillo, como los pasos de alguien que llevaba unos zapatos de madera. Sentí que mi cuerpo se estremecía. Me mantuve en silencio, como si eso me ayudará a pasar desapercibido. Sólo se escuchaba el goteo del agua que caía del grifo entre un silencio sepulcral. Después de unos minutos decidí salir del cuarto de baño. Caminé despacio, tratando de no hacer ruido con mis pisadas. Fui avanzando a lo largo del pasillo hasta que me encontré a la altura de la cocina. Miré en su interior e inicialmente vi una parte de la mesa y al dar el siguiente paso se mostró todo la cocina. Sentado en una silla de la mesa, estaba aquel muñeco. Lo incomprensible de la situación me hizo soltar un chillido casi inaudible debido a la falta de aliento y sentí las piernas tan débiles que parecían estar sujetas por el suelo. Las extremidades del muñeco se balanceaban sobre la silla en un movimiento cada vez mas débil, como si acabara de sentarse. En su cabeza no se encontraba su sombrero que reposaba sobre la mesa, pero lo peor era su cabello que sujeto por dos colas, estaba suspendido en el aire, algo imposible teniendo en cuenta que era de trapo.

En ese instante tan inverosímil, me pareció ver como extendía su mano para sujetar un cuchillo que estaba sobre la mesa, mientras escuche una voz que decía.- ¿Qué voy a comer hoy, Toni?.

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Mis piernas recobraron la fuerza suficiente para dar un paso que me sacó de la escena y me condujo a lo largo del pasillo hasta la habitación de mis padre. Al llegar allí rompí en un llanto irrefrenable, gritando palabras sueltas. ¡Muñeco…!, ¡Cocina…!, ¡Mamá!… Mis padres se despertaron y trataron de tranquilizarme, yo aun gimoteaba en medio de un ataque de mocos, mientras les contaba tartamudeando lo que había pasado.

¡No te preocupes mi amor!, seguro que fue un sueño. De todas formas, mañana nos llevaremos a ese muñeco.

A pesar de eso, estoy seguro de que lo sucedido no fue una alucinación. Dos manzanas más a bajo de donde vivía, encontraron a una niña asesinada con una saña, que ni la mente mas enfermiza podría imaginar. Destrozada, la habían convertido en un macabro muñeco (nota del autor: para saber lo que sucedió en ese caso, ver el video “La muñeca de Porcelana”https://www.youtube.com/watch?v=PNfKbzfKLMA). Desde entonces, padezco pediofobia, eso significa que los muñecos me provocan terror, les tengo fobia, aversión, repugnancia. Ya se que es algo irracional, pero no lo puedo evitarlo.

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Han pasado 25 años desde entonces y ahora vivo en Detroit. Como sabéis, no es fácil encontrar trabajo en estos tiempos y en esta ciudad que se descompone a cada segundo como un animal muerto, menos todavía. Las fabricas quebradas, parecen fósiles de aspecto amenazante en calles desiertas, transitadas únicamente por hombres solitarios que ocultan sus rostros impidiendo saber si pueden ser víctimas o depredadores.

Desgraciadamente, cerro la empresa en la que trabajaba, sin embargo, he tenido la fortuna de encontrar en poco tiempo un nuevo empleo. No es el mejor destino que quisiera, pero al menos gano lo suficiente para mis gastos.

Pero esa dicha por encontrar trabajo tiene su parte de tortura, ya que se trata de un puesto de vigilante nocturno en una tienda inmensa de juguetes, entre los que había para mi desgracia muñecos y muñecas.

Se encontraban de todo tipo, incluso unas muñecas muy góticas que me angustiaban con sólo verlas en televisión. No quiero ni pensar en las de porcelana, con apariencia humana, pero sin expresión que te permita conocer sus intenciones. De todas formas los que mas terror me causaban eran los que estaban de moda en aquel tiempo, los de la marca Devil´s toys.

El local de venta al público, era un establecimiento formado por estanterías interminables repletas de juguetes, sólo interrumpidas, por un inmenso pasillo central en forma de cruz, en cuya mitad había un parque infantil. Allí, los niños podían probar múltiples juguetes, lo cual era muy efectivo para la venta. Después de la experiencia de los pequeños en él, difícilmente las madres podían resistirse a un niño insistente por hacerse con alguno de esos cachivaches. Si el niño lo prueba, la madre lo compra, decía el director de marketing.

En ese lugar aparentemente mágico, estaban los muñecos que tanto pavor me causaban. Un lugar de aspecto inofensivo que por la noche la oscuridad lo transformaba en un espacio amenazante. Todo estaba en silencio. En las rondas de vigilancia los evitaba en todo lo posible. Nunca he sido miedoso, pero el lugar era muy grande, muchos pasillos oscuros, figuras, sombras y esos malditos muñecos, convertían la tienda en un lugar poco tranquilizador para mi. Las paredes estaban sin ventanas, nadie me escucharía si gritara y si lograra avisar por teléfono para que me ayudaran, llegarían tarde, demasiado lejos de cualquier lugar habitado a esas horas.

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Pienso en esas figuras dentro de sus cajas o amontonados en carros con sus sonrisas impertérritas, sus caras impávidas en medio de la penumbra dueña del espacio debido a las escasas luces encendidas por motivos de ahorro.

Seguro que algunos se ocultaban en una oscuridad que parecía de una profundidad infinita. Pensaba que desde el interior, ellos me miraban mientras recorría los pasillos, girando sus cabezas para no perder detalle de mis movimientos.

-No pienses en eso- Me dije a mi mismo. Cuando uno trabaja en estas cosas, jamás debe permitir que pasen por su cabeza algunos pensamientos. Pero no podía arrinconar mis fobias ni una extraña sensación de que aquello no era una establecimiento como otra cualquiera. Como si ya supiese lo que iba a suceder a continuación.

Cuando estaba haciendo una ronda por todo el establecimiento, me pareció ver algo que correteaba al otra lado del pasillo. Cruzó a tal velocidad, que no pude detallarlo con precisión, sólo se que era algo pequeño con forma de humano, como un niño, pero sus movimientos eran mucho menos flexibles, como si algunas de sus articulaciones estuvieran rígidas, lo cual no le había impedido cruzar a gran velocidad de un extremo a otro del pasillo. Tembloroso, recorrí la estancia para revisar si había algún intruso en el local, pero no encontré nada.

Cuando empezaron a llegar el resto de compañeros para el cambio de turno, no conté nada de lo sucedido, temía que me tomaran por algún lunático y me convencí de que quizás había sido un gato o una alucinación causada por largas horas de vigilia.

Al llegar a casa traté de dormir lo suficiente y a las 6 de la tarde, estaba de nuevo en mi puesto de trabajo. Me mantuve en alerta, prácticamente sin pestañear, agudizando el oído más de lo normal, pero a las dos horas, ya me encontraba agotado por la tensión, aunque más tranquilo. Me puse a ojear uno de los libros que tenía en la pequeña oficina en donde nos permitían entrar a los vigilantes. Sin embargo, esa aparente noche apacible, quedó interrumpida por un ruido metálico, como si alguien golpeara una de las estanterías que sujetaban las largas filas de juguetes. Salí sobresaltado del despacho mientras gritaba preguntando si había alguien en el lugar. Todo estaba en silencio, hasta que escuché una risa aguda como la de un niño, que se carcajea divertido tras una travesura. Eso me estremeció de tal manera, que mi instinto de supervivencia me hizo correr a la pequeña oficina y esperar a que el resto de compañeros llegaran al trabajo.

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Al día siguiente, sucedería algo mucho más terrible.

No se explica nadie como pudo suceder. Apareció un niño muerto en el interior de una cesta gigante en donde se amontonaban todo tipo de juguetes y muñecos. Lo encontraron casi en el fondo, con los ojos exageradamente abiertos y con un rictus en su rostro que le dejó una risa forzada en la rigidez de su cuerpo.

Alguien lo había asesinado, esa fue la conjetura de la policía tras el análisis forense. Menudos genios pensé yo, alguien le había  mordido parte del cuerpo y despellejado las piernas y los brazos, pegándole a la masa sanguinolenta papeles que contenían dibujos pintados torpemente como los que hacen los niños.

La policía no tenía sospechas del asesino, pero yo estaba convencido de que aquellos peleles de trapo y goma, habían tenido que ver en la muerte de aquel niño.

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Precintaron el local hasta nueva orden, sin embargo en su encierro, precisaban que alguien vigilara aquel negocio.

Me avisaron por la noche de que debía realizar mi turno. Para entonces, ya estaba preparado para acabar con todo aquello.

En el coche, tenía varias garrafas de gasolina que saqué del maletero en cuanto se fue el último compañero del establecimiento.

Tembloroso por los nervios, agarré una garrafa en cada mano y caminé hacia el pasillo en donde se encontraban los muñecos. Escuchaba el eco de mis pasos retumbar, delatándome irremediablemente, lo que crispaba aun más mi excitación. Sentí flaquear mis piernas que me hicieron golpear torpemente contra una estantería y caminar sofocado entre los pasillos.

El corazón golpeaba con fuerza mi pecho y el sudor invadió mi cuerpo. Se escuchó el sonido de un plástico que se arruga y después otro y otro más. Traté de tranquilizarme imaginando que quizás se debía al cambio término de la noche actuando sobre el plástico, también podía ser el efecto de la gravedad que impulsa las cosas hacia el suelo, pero para que engañarme, debían ser ellos.

No sabría precisar en que momento oí una especie de correteo, como si fuese un grupo de niños corriendo a toda velocidad. Unas voces estridentes, como desesperadas por alcanzar algo.

Arroje parte del contenido de las garrafas sobre las cajas de juguetes cuyos nombres en letras grandes ponían “Devil´s toys”, mientras me pareció ver por el rabillo del ojo que algo trepaba entre las estanterías acercándose. Al borde de perder la cordura, eché el resto de la gasolina sobre el contenedor de juguetes que estaba en medio del pasillo central.

Vaciado prácticamente el contenido de las garrafas, hice un reguero desde las estanterías hasta donde yo me encontraba. Fue en ese momento cuando los vi venir hacia mi. Unos rostros desencajados, grotescos. En sus bocas se insinuaban unos colmillos de aspecto feroz. Corrían encolerizados hacia mí como por impulsos, de manera desacompasada, torpe, pero a gran velocidad. Mientras, sus rostros reflejaban desesperación, odio y ganas de aniquilar. Sus bocas ahora abiertas, mostraban una dentadura grande y afilada destinada a desgarrar y despedazar carne.

Saque un fósforo y este se escurrió entre mis dedos temblorosos. Trate de agarrar otro sin éxito, mientras veía por el rabillo del ojo como algo se aproximaba a mi a una velocidad endiablada. Al tercer intento logré que el fósforo encendiera y lo metí en el interior de la caja que arrojé al regato de combustible produciéndose un fogonazo. Se inició el conato de incendio que se extendió en un instante convirtiéndose en un incendio descomunal. Algunas de esas criaturas infernales envueltas en llamas, chocaban con las palets repletos de mercancía propagando el fuego. En pocos minutos aquel local quemaba como una chimenea generando humo que se extendió a kilómetros de distancia.

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Al borde del colapso por el estrés, subí a mi vehículo y conduje dirección a México, cuyo destino tenía programado. La policía pensaría erróneamente que me dirigiría a Canadá que estaba mucho más próxima. En menos de 24 horas, me encontraría en Nuevo Laredo y desde allí iría a México DF en donde varios amigos podrían ayudarme.

Llevaba más de 17 horas de conducción, pronto cruzaría la frontera, pero sentí que algo no iba bien, la misma sensación que tuve en mi casa con 10 años cuando me encontré con ese muñeco. Alguien me miraba, algo me seguía.

Una luz cegadora detrás de mi me impidió seguir conduciendo y tuve que detener mi coche. Escuché.- salga del vehículo y ponga las manos en el capó, que se las veamos. Tiene derecho a permanecer en silencio…- era la policía.

Fui culpado por delito de incendio y me castigaron con una pena de 12 años de prisión. Actualmente cumplo condena en la cárcel de Fort Worth en Texas. En una celda de menos de 9 metros cuadrados he podido redactar este diario que me permitirá dar a conocer lo sucedido. No lo he contado antes para evitar que me encerraran de por vida en un manicomio.

Hoy he recibido una sorpresa. Un guardia de manera socarrona a mencionado mi fortuna por recibir un regalo, como si el encierro en una cárcel fuese una buena vida. Como la prisión no suele ofrecer buenas noticias, esperé en mi celda con emoción a que me lo trajeran.

Era una caja de cartón marrón, sin ningún remitente ni signo distintivo. Me afané a desembalarlo, pero al instante me vi invadido por el desconsuelo y la angustia al ver en su interior, un rostro con gesto sonriente empaquetado con un envoltorio cuyo texto decía “DEVIL´S TOYS”.

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