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LA TIENDA DE HALLOWEEN

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Cuando la obscuridad tomó la ciudad, una inevitable bruma invasora ocupó gran parte del paisaje. Mientras, en el cielo se dejaba ver una nube alargada que tapaba parcialmente una amarillenta luna llena que daba un aspecto irreal, casi teatral al río y a la ciudad que lo bordeaba.

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A la vera del riachuelo, la madera formaba parte de los marcos de ventanas y puertas adornando con gusto una casa de piedra de la cual salía una luz tenue que parpadeaba al son de las imágenes de un televisor. En su interior sobre un sofá, una niña de trenzas largas que sobresalían a ambos lados de la cabeza, no perdía detalle de lo que se veía en la pantalla. Sobre sus mejillas pobladas por una multitud de pecas, destacaban unas pestañas largas que protegían a unos ojos expresivos, de un color negro tan vivo, que parecían de azabache.

Su sonrisa se dibujó en su boca, cuando en ese preciso momento, en la pantalla una pareja salía de la sala de un cine de manera precipitada tras ver parcialmente una película de terror. Ambos no pudieron terminarla, ya que ella se había asustado demasiado. Aunque inicialmente reticente, él la siguió y caminó a su lado mientras se burlaba de ella. Debido a sus bromas, la chica parecía más relajada, pero de repente, un grupo de zombies aparecieron ante ellos. La joven horrorizada, trató de buscar con la mirada la ayuda de su novio, pero era inútil, ya que él también era un muerto viviente.

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Se trataba del video de Michael Jackson titulado “thriller”. Era la primera vez que la niña lo veía y eso se reflejaba en su rostro. Los ojos completamente abiertos y el gesto circular que adoptó su boca, parecían mostrar su sorpresa y temor. Sus manos que de repente cubrieron su cuerpo con una manta hasta la altura de los ojos, confirmaban esa impresión.

Detrás del sillón, había un pasillo alargado que daba a varias habitaciones. En una de ellas estaba su madre con uno de sus amigos. Los gemidos y el ruido que salía tras la puerta del cuarto en donde estaban, no eliminaban la ingenuidad y aun menos la atención de la niña sobre el final arrebatador del video, en donde la chica era despertada por su novio, que la tranquilizaba indicándola que todo había sido una pesadilla y de espaldas a la cámara, ambos se abrazaron. Parecía un final feliz, pero inesperadamente sin que ella lo viera, el chico giró su cabeza hacia la cámara mostrando unos amenazadores ojos amarillos de pupilas alargadas similares a los de un gato, acompañados de una sonrisa diabólica que hacían imaginar un desenlace fatal para la pobre muchacha.

El golpeteo de una rama contra el cristal de la ventana la devolvió a la realidad. Era víspera de Halloween, un buen día para ver un video de terror como “thriller” pero nefasto para salir a la calle. Sin embargo, a pesar del espantoso clima y el miedo que la embargaba, estaba decidida a ir a la tienda de juguetes en donde había visto una y otra vez a “su peluche” como ella le llamaba a un muñeco de ese establecimiento. El tamaño del juguete era considerable, prácticamente igual al de ella. La cara redonda con sus orejas puntiagudas y bigotes alargados, figuraban ser los de un gato, sin embargo salvo por sus patas delanteras, su cuerpo alargado parecía pertenecer a un gusano.

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Pensaba que si su mamá podía traer a los amigos a su habitación todas las noches, no la regañaría por llevar a la suya a un solo peluche.

Además, a fin de cuentas, había reunido el dinero suficiente para comprarlo. Las monedas que le daba su madre para merendar en el recreo del colegio, las había guardado celosamente en un calcetín esperando a completar el dinero necesario para adquirirlo. Hoy era un buen día para ir a buscarlo. Su mamá como siempre, tardaría unos tres cuartos de hora en salir de su habitación, tiempo suficiente para ir a la juguetería y regresar antes de que pudiera echarla en falta.

Sin más demora, agarró su abrigo, su bufanda y se dirigió a la salida de la casa. En cuanto abrió la puerta, un viento gélido la empujó entrando en el hogar. En el exterior de la vivienda, unas hojas anaranjadas se encontraban atrapadas en un remolino de aire mientras otras volaban amarillentas y mustias descendiendo velozmente desde los árboles arrolladas por el vendaval. Eso no amilanó a nuestra protagonista que caminó decidida, aunque algo asustada, por unas calles empedradas que humedecidas por las recientes lluvias, eran iluminadas tenuemente por la luz amarillenta de la luna y de las farolas.

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Un escaso número de personas se cruzaban en su camino, encogiendo sus cuerpos para tratar de protegerse del frío ni siquiera la miraban. Iluminados débilmente, sólo se les podía distinguir la silueta, lo que les daba la apariencia de espectros que caminaban sin rumbo preciso.

Salvo por los ropajes que les protegían, algunos locos que abundan en las ciudades grandes, parecían ajenos al clima que los rodeaba. Digo yo que quizás porque no tenían a donde ir o simplemente por poseer unas mentes desquiciadas que se alejan de la realidad. Estirados, pronunciaban frases inconexas pero intimidantes, que hablaban sobre el fin del mundo sin que nadie pareciera prestarles atención.

Ese camino adoquinado a orillas del río, estaba custodiado por unos grandes árboles amorfos de largas ramas. Estos se encontraban enraizados en armónica fila, únicamente intercalada por algunos bancos de metal que poblados por el día, ahora se encontraban solitarios. Este camino acompañado de vegetación y herrumbre, conducía a un puente de madera exageradamente curvado y de aspecto destartalado. Este trayecto llevaba al otro extremo del río, cuyas calles contenían casas de no más de dos plantas ni menos de 200 años de antigüedad. Allí es donde se encontraba la juguetería.

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Al llegar a la tienda, el desanimo se apoderó de ella, estaba cerrada. Aún así, se acercó para tratar de ver lo que había dentro, pero únicamente se distinguía al otro lado del escaparate; una bruma, un humo cegador, o tal vez un polvo en suspensión, que impedía ver lo que había en su interior. Al acercar la cara al cristal, le pareció distinguir a lo lejos, la figura completamente oscurecida de una mujer con sombrero de ala ancha y con una copa alta acabada en punta. Esa señora, iba cubierta por un vestido largo que le llegaba a la altura del tobillo, al igual que la lengüeta de sus zapatos rematados en punta, que finalmente se retorcían mirando a su propia hebilla.

Ese esbozo de lo que parecía una bruja, se aproximaba hacia el cristal levitando.

Se estaba acercando, pronto podría verla con mayor detalle, pero de repente se lo impidió una mano que la agarró del hombro.

Era un anciano con sombrero de copa, vestido con un viejo frac cuyo color no se distinguía en la oscuridad. Al abrir su boca, pudo observar que le faltaban algunos dientes y los pocos que le quedaban, producían repugnancia debido a que tenían un tono amarillento tirando a verdoso.

  • Señorita, ¿Qué hace usted aquí sola?- esta frase inocente, resultaba del todo siniestra pronunciada por este personaje tenebroso.

Sin tiempo a reaccionar, la niña balbuceó aquel pensamiento que la tenía ensimismada hasta el momento.

  • ¿Dónde está mi peluche?.- dijo la pequeña.

El hombre se mantuvo en silencio por un instante sorprendido por las palabras de la niña. Pero al instante respondió diciendo:

  • No te preocupes, pronto abrirá la tienda- lo que continuó con una carcajada estrepitosa que parecía inhumana.

Recuperada de la impresión, la chiquilla vio el aspecto amenazador del individuo y apartándose de él, emprendió el retorno a su casa de manera precipitada mientras el viejo sin seguirla no cesaba de reír.

Esa noche durmió triste e inquieta por la sucedido. Todo parecía indicar, que jamás podría volver a ver a su peluche. Sin embargo, al día siguiente, sucedería algo inesperado.

Su madre, más preocupada por el dinero que obtenía por sus devaneos amorosos que por su hija, recibió ya anocheciendo, la visita de uno de sus clientes más escandalosos, por lo que decidió deshacerse de la pequeña enviándola a un recado que la tendría por un tiempo fuera de la casa. La niña de naturaleza inocente y obediente, fue a donde le decía su madre, más allá de los bancos solitarios y de los árboles de ramas deformes que estaban próximos al paseo empedrado, aun más lejos del viejo puente desproporcionado, incluso iría al otro lado del río en cuyo lugar las casas tenían más de 200 años y en donde como todos ya sabéis, se encontraba la vieja tienda de juguetes.

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Al llegar allí, la emoción se apoderó de la pequeña, la tienda estaba abierta, pero algunas cosas habían cambiado. El escaparate estaba ocupado por una multitud de telarañas por las que caminaban unos arácnidos que parecían reales del tamaño de un antebrazo. El expositor lo completaba una gran cantidad de elementos entre los que estaba; una bruja sobre una escoba con escasos dientes en su boca y una verruga gigante en su nariz, una vampiresa con un vestido ceñido que dejaba ver sus curvas sensuales y una boca en donde por sus labios descendía unas gotas de sangre o un monstruo similar a Frankenstein del tamaño de una persona que caminaba de un lado a otro del escaparate.

Ya en el interior como si de un recepcionista se tratara, había un esqueleto perteneciente a un pirata, que con sombrero adornado por un pluma, se apoyaba sobre una pata de palo mientras batía su mandíbula en una carcajada diabólica.

Al otro lado y mirando al interior de la tienda, se encontraba la figura de una mujer obesa, cuya cara desproporcionadamente gruesa, gesticulaba exageradamente en lo que parecía una sonrisa maliciosa. Dentro de la tienda, el ambiente era lúgubre, iluminado únicamente por una luz de un color anaranjado que dejaba ver estanterías llenas de múltiples disfraces de Halloween, la maqueta gigante de una mansión siniestra rodeada de rejas que delimitaban la finca de ese edificio que poseía un cementerio con diversas lapidas de diferentes tamaños y posiciones. Una gran cantidad de murciélagos colgaban de techos y estanterías y alguna telaraña incluía a huéspedes que con sus múltiples patas, se suspendían de un hilo de araña. Pero allí, no estaba el peluche que buscaba la niña.

Como si le leyera el pensamiento, el viejo que había visto la noche anterior, apareció ofreciéndole su mano para que se la agarrara mientras le decía:

  • No te preocupes pequeña, tu peluche esta al otro lado de la puerta- señalando la entrada a un lugar que se encontraba cubierto completamente por una bruma espesa que fluía desde su interior.

La niña como hipnotizada, agarró la mano del vejestorio y ambos cruzaron la puerta hasta desaparecer entre la niebla.

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Al día siguiente, la madre de la pequeña estaba desesperada. En ese momento, se dio cuenta de lo mucho que quería a su hija y se lamentó de la poca atención que le había prestado. Para evitar problemas con la policía, les contó que había desaparecido de la casa de manera inesperada.

Así trascurrió el tiempo, sin que la madre volviera a saber de la pequeña. Pero el destino aun le tenía preparada una sorpresa angustiosa.

Un día casualmente, la madre pasó al lado de la vieja tienda de juguetes. Allí, le llamó la atención un peluche que estaba en el escaarate, aquel que su hija le había pedido con tanta insistencia, sin embargo, ahora el aspecto del muñeco había cambiado considerablemente, además le resultaba muy familiar. Esa sensación la empujó a acercarse de manera precipitada al escaparate. Cuando estaba a menos de un metro del cristal, le dio un vuelco al corazón cuando escuchó la voz del peluche que le decía:

  • Mamá, llévame a casa.- mientras la miraba con unos ojos expresivos, de un color negro tan vivo, que parecían de azabache.

 

MANCROW

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