LA INQUIETANTE HISTORIA DE LOS DOS ANCIANOS

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Recuerdo los veranos que pasaba en casa de mi abuela paterna. Se encontraba en una pequeña villa de Orense, conformada por un núcleo apelotonado de casas de granito de mas de 200 años, con sus calles estrechas y empinadas, húmedas la mayor parte del año a causa de una lluvia incesante que solo tomaba tregua en los tórridos días de verano. Sus noches, no podrían estar en mi memoria sin esas farolas de luz amarillenta, casi anaranjada, que le daban un aspecto sepia al paisaje, intercaladas por los caminos que la noche cedía a la oscuridad.

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Cuando la luna era nueva, el cielo estaba completamente en tinieblas y sobre las farolas, la luz era vencida por la negrura. La parte alta de los edificios y sus tejados, en el mejor de los casos eran siluetas apenas perceptibles. Un paisaje repleto de lugares en donde un depredador nocturno podría esconderse, ideal para cualquier espectro que espera acechante para su ataque.

En luna llena las sombras formaban visiones inquietantes que se convertían en penumbra cada vez que las nubes cruzaban la luna.

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Dentro de ese contexto, sucedió algo sobrecogedor que mi primo me relato entre un tartamudeo provocado por un corazón acelerado. Es una de esas historias de terror que se cuentan mientras se observa a los lados por si algo indeterminado se abalanza sobre uno, para llevarlo a un mundo al que nadie querría ir. En definitiva, de esos relatos que tienen difícil explicación y si la tuviese, desearías no haberla sabido.

Sucedió el pasado verano, cuando mis tíos y mi primo llegaron de Madrid para pasar unos días en el pueblo. Pronto mi primo, se dio cuenta que no había visto a la pareja de ancianos que vivían a unos 100 metros de la casa de mis abuelos. Preguntando a los vecinos del pueblo, es como pudo enterarse de esta historia.

El viejo siempre salía al balcón, se sentaba en una mecedora mientras hacía sonar una armónica, pero como no sabía utilizarla, provocaba un ruido molesto, casi estridente.

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Algunos niños se burlaban de él desde la calle, a lo que el respondía con gestos amenazantes que indicaban, que les haría daño en cuanto los encontrara. Sin embargo, yo jamás lo hice porque me daba miedo.

El anciano era de carácter arisco, todo lo contrario que su mujer, que paseaba por las calles vestida con colores llamativos y un pañuelo en la cabeza, mientras saludaba y hablaba con todas las personas que se encontraba en su camino. Un poco excéntrica eso sí, para otros completamente loca. Las sospechas de estos últimos, parecían confirmarse al escuchar las carcajadas de la anciana emitidas fuera de lugar y tiempo ante cualquier comentario. Los adultos la consideraban inofensiva y su comportamiento lo achacaban a un incipiente Alzheimer.

Pero en cambio los niños, le tenían miedo a su extraño comportamiento, el cual los aterrorizaba. Por supuesto, ninguno se burlaba de la vieja, mas bien todo lo contrario, se alejaban de ella como de la peste. Los mas jóvenes del pueblo, rumoreaban que en la planta baja de su casa, realizaba caldos, brebajes nauseabundos del inframundo, ya que un olor putrefacto se desprendía de vez en cuando de la viviendo, como si cocinara una sopa de huevos podridos. Los adultos lo atribuían a la escasa higiene de los dos ancianos y a un posible síndrome de diógenes, pero los niños mucho mas imaginativos, creían que allí hacían desaparecer a personas, algunas de los cuales eran niños. Cuerpos que según ellos, utilizaban para practicar algún rito de magia negra. Cuando nos juntábamos por la noche en la oscuridad de la calle para contar historias de terror, algunos decían que habían escuchado lamentos que salía de la casa, sollozos, lloriqueos de niños suplicando. Sin embargo, en aquel entonces, no pude distinguir si se trataba de hechos reales o de puro cuento.

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Nadie sabía la edad de esos dos vejestorios, ni siquiera lo podían suponer. Los mas viejos del lugar, ya los recordaban ancianos cuando ellos eran jóvenes. Parecían haberse detenido en el tiempo, el cual ya no corría para ellos. Además, sus ropas parecían confirmarlo, ya que no tenían menos de 60 años en el mejor de los casos.

Me comentó mi primo, que después de navidad, ya no se veía al viejo en el balcón castigando los oídos del vecindario con su vieja armónica y ella, prácticamente no salía a la calle y cuando lo hacía, no hablaba con nadie. Para los adultos se había vuelto huraña, una pobre vieja cascarrabias, para los mas jóvenes, era su verdadera personalidad, hasta entonces oculta para los mas mayores del pueblo.

Días mas tarde, los vecinos mas próximos de la casa de los dos ancianos, empezaron a protestar por el mal olor que salía de la vivienda. Normalmente duraba apenas unas horas, pero en esta ocasión, llevaban mas de tres semanas con esa fetidez. Nadie podía asegurar lo que estaba pasando dentro de la casa y si lo supiesen, no podrían dormir por las noches.

Un día llego una vecina a la vivienda con la intención de protestar y cual fue su sorpresa, que encontró la puerta abierta del hogar. Llamo a los vetustos personajes sin encontrar respuesta, por lo que decidió entrar. Se encontró con un pasillo, y al final del mismo, había un espejo que le produjo un escalofrío. Después aseguraría haber visto unas extrañas figuras reflejadas en él, a pesar de que el pasillo aparentemente estaba vacío. Dudo en salir apresuradamente de la vivienda. Sin embargo, su férrea decisión por saber lo que desprendía el olor, le hicieron llegar a la cocina. Para entonces, la fetidez se había hecho casi insoportable.

Volvió a llamar a los ancianos sin que nadie le respondiera. Entonces, resolvió cruzar el pasillo, eso si, miró de soslayo al espejo por si volvía a ver esas figuras espectrales, pero esta vez, todo parecía normal. Quería entrar en la habitación en donde suponía que estaban los viejos. Al llegar a la puerta, pudo ver la espeluznante escena que estaba sucediendo en su interior.

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La vieja, tenía un brazo despedazado del cuerpo del anciano en su boca y lo estaba masticando con gusto, con sus dientes negros y una boca sanguinolenta. La carne del viejo estaba en mal estado y la habitación desprendía el olor pestilente de la putrefacción. Cuando la anciana se dio cuenta de la presencia de la vecina, dirigió su mirada a ella con indiferencia, sin dejar de comerse el brazo. Completamente asustada, la señora a trompicones y chocando contra las paredes, incapaz de controlar su cuerpo tembloroso, pudo al fin salir de la casa y salvar su vida.

Lo primero que hizo fue llamar a la policía que acudió presurosa a la casa de los viejos para arrestar a la anciana, no sin llevarse un buen susto al ver la escena macabra que os relaté.

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Se ha especulado mucho sobre lo que había dentro de la casa, pero como la policía impidió ver lo que había en el interior, no hay información fidedigna de lo que la vieja hacía al abrigo de la casa. Respecto a la anciana, me han dicho que la han llevado a un manicomio y está encerrada en el peor pabellón de ese centro, donde están los enfermos mas peligrosos. A pesar de eso, dicen en el pueblo, que su comportamiento es ejemplar, y que quizás en pocos años, podamos verla de nuevo por el pequeño pueblo Orensano.

MANCROW

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