LA GRUTA

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Llevo días dándole vueltas en la cabeza a un lugar aterrador que me trae mucho recuerdos y que sin embargo, desconociendo su pasado oscuro, fue para mi un lugar de ensueño. Actualmente es un aserradero en ruinas, que se encuentra al lado del mar en un pueblo llamado, O Freixo de Sabardes en Galicia (España). Sin embargo, hubo un tiempo en que era un emplazamiento lleno de vida. Fue allí, tumbado en una de sus rampas, acompañado por mi abuelo siempre vigilante, donde descubrí por primera vez la atmósfera mágica que produce el reflejo de la luna llena sobre los peces, o como al tumbarme mirando al cielo, podía contar las estrellas, descubriendo la inmensidad del firmamento. Pero un acontecimiento sucedería, que me provoca ahora nostalgia por esos recuerdos. Años mas tarde, personas desconocedoras de estas maravillas que yo viví, decidieron venderlo.

No os desesperéis, os aseguro que este post es de terror, del que hiela la sangre, pero preciso previamente, orientar al lector, para que entienda el poder de atracción y rechazo que producía este sitio.

Pensando retrospectivamente, me doy cuenta que ese lugar no era para mi y que si a alguien podía pertenecerle ese paraíso, era a mi abuelo. Años atrás, él vivía en una región cercana a Galicia que se llama Asturias. Parece una broma del destino saber que se caso con mi abuela Paz, cuando en realidad vivió en época de Guerra, en particular, en plena Guerra civil española. Para entonces, el era un humilde carpintero que se había ganado con su honradez y trabajo, el respeto y la atención de un famoso empresario asturiano, que pronto lo contrató como su persona de confianza.

La guerra siempre saca lo mejor y lo peor del ser humano y un acontecimiento uniría esos dos comportamientos de forma inseparable.

La campaña militar fue especialmente cruenta en Asturias y los dos bandos enfrentados, ocuparon el territorio en diferentes momentos de la guerra. Aprovechando esta situación, una persona que le debía dinero a mi abuelo, decidió cancelar la deuda de una manera ruín pero efectiva, acusándolo de pertenecer al bando enemigo. De este modo, como decimos en España, muerto el perro se acabó la rabia. Esa noche, unos soldados fueron a buscar a mi abuelo a su casa y lo llevaron a una prisión con la intención de fusilarlo al día siguiente.

Como ya imaginaréis, no fue aquí donde se produjo el final trágino de mi abuelo. Esa noche el empresario, su jefe, fiel a sus leales, fue a la prisión y soborno a los carceleros para que fingieran una fuga. Mi abuelo escapó y se dirigio velozmente al único sitio donde podría estar seguro. Se despidió de mi abuela, cogió todo lo necesario para pasar alejado del mundo una larga temporada y descendió con una cuerda por un precipicio, hasta llegar a una cueva que en el medio del mismo se encontraba. Allí estuvo días y noches pensando en soledad, hasta que pasó un año. Todas las mañanas recibía una cesta suspendida desde lo alto del acantilado en la que mi abuela depositaba la comida, pero ese día traía una sorpresa, era una nota que decía- “La Guerra ha Terminado”. Entonces mi abuelo trepo por el acantilado y me contó que al ver a sus familiares al borde del precipicio esperándolo, fue incapaz de pronunciar palabra alguna y se derrumbo de rodillas llorando mientras lo abrazaban.
Espero que disculpe el lector esta pequeña pausa, simplemente es para decirle, que pronto llegará lo que espera.
Continuando con el relato, os contaré que al finalizar la guerra, la comida escaseaba y la gente tenía que hacer largas colas para conseguirla. Era época de racionamiento. Mi abuelo como todos los que vivían allí, se desplazo al lugar en donde repartían alimento y descubrió horrorizado que en el almacén como encargado, estaba la persona que le había acusado de pertenecer al enemigo, el cual se había cambiado en último momento al bando vencedor.

Como os dije, mi abuelo era honrado y trabajador, pero no era valiente. Se fue inmediatamente de allí con las manos vacías, temiendo que de nuevo lo acusaran falsamente y lo encerraran. Regreso a su casa y le dijo a mi abuela- “Pazina (como así le llamaba cariñosamente a mi abuela), tenemos que irnos”. Por la noche fue a ver a su amigo, jefe y empresario para contarle lo ocurrido y decirle que se marchaba. Este le comentó que tenía en mente hacer un aserradero en Galicia y que entonces podría trabajar allí.

¿Quien no aceptaría vivir en el paraíso?. Pesca abundante, bosques frondosos, naturaleza virgen, un mundo por hacer. Lo que no sabía mi abuelo, es que en ese lugar, en donde se ubicaría el aserradero, de nuevo se encontraría con una cueva, pero esta a diferencia de la primera en la que pasó un año de la guerra, no tenía intención de salvarlo. En su interior, había algo aterrador que no permanecería inmóvil y cuyas consecuencias pronto descubriría. Lo que sucedería a continuación, marcarían para siempre la vida de la población de O Freixo.

El final de la historia, lo podéis ver en el siguiente enlace.

http://mancrow.com/la-gruta-2/

MANCROW

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