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EL PISTOLERO MAS PELIGROSO DEL LEJANO OESTE, JOHN WESLEY HARDIN

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Todo imperio precisa sus propios héroes, referentes que los hagan pensar que el mundo puede cambiar algún día a mejor. A principios del siglo XX, el emergente país Estadounidense, miró hacia su reciente pasado para buscarlos. Entre los 100 mil hombres que tras la guerra civil de secesión, se vieron abocados por necesidad a llevar una vida fuera de la ley, encontraron a un buen puñado de pistoleros de donde escoger a sus superhombres.

Al igual que les sucedió a los ingleses con Drake o Morgan, fueron considerados héroes o villanos dependiendo de la bara de medir que se utilizara. Para algunos eran simples rufianes, asesinos en serie despiadados movidos solo por la codicia y el vicio, sin embargo para otros, algunos de ellos fueron rebeldes que trataban de luchar contra un sistema injusto que los marginó. Entre estos últimos, parece encontrase el Texano John Wesley Hardin, cuya personalidad indómita desde la niñez, hacía presagiar una vida llena de contratiempos. Hijo de un sacerdote metodista, relatan que en una ocasión, se escapó de la casa para unirse al ejercito confederado, cuando a duras penas podía sostener un revolver. De todas formas, su acción mas destacada en la niñez, fue una pelea con cuchillos en donde apuñaló a un compañero de clase que había ofendido a una niña llamada Jane, la cual a partir de entonces, se enamoraría para siempre del guapo justiciero.

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Estas acciones, hicieron que cantantes como Bob Dylan lo catapultaran al olimpo de los dioses americanos, en canciones en donde decía en su defensa, que nunca atacó a un hombre honesto. Un héroe para los supervivientes de los antiguos territorios confederados, pero los hechos, parecen por momentos inclinar de manera alternativa, la balanza hacia el bien y otras hacia mal, como veremos a continuación.

La vida no esta hecha para un personaje indomable e impulsivo y menos aún, en el antiguo oeste americano. Era un hombre corpulento que no rehusaba ni una pelea. En una ocasión, se enfrentó a un robusto ex-esclavo de color llamado Mage, al que todos temían en la zona. Lo venció en una extraordinaria pelea. Pero el gigante derrotado, no se dio por vencido y un día lo abordo en la calle con garrote en mano para enfrentarse de nuevo. Hardin en su defensa, respondió con su revolver, tirando al atacante al suelo sacudido por el impacto de las balas. Aunque el pistolero a continuación trató de ayudar a la víctima, ya era demasiado tarde, Mage malherido, fallecería días después.

Tras la guerra de secesión, no eran buenos tiempos para matar a una persona de color y el padre de Hardin le dijo que huyera, que no mirara hacia atrás, que tratará de que las llanuras y desiertos del oeste, lo ocultaran para siempre de la memoria de los hombres. Y aquí es donde empieza la vida del fugitivo, del irreductible y afamado pistolero. Una vida con un principio sin final, en donde la leyenda lo perduraría tras su muerte. Sensacionales directores del western como John Ford, Sergio Leone, Howard Hawks o Clint Easwood, representarían ese momento, con un plano general del árido oeste, en donde una silueta a contraluz de Hardin cabalgando en solitario sobre una colina, tapa parcialmente al sol que se oculta agotado. Para completar la secuencia, no tendrían inconveniente en acompañar la escena, con las voces cuasi divinas de la composición “El éxtasis del oro” del genial director Ennio Morricone (podéis escucharla si pincháis el enlace anterior).

Pero pronto los soldados de la unión descubrieron donde estaba el prófugo y enviaron a 3 hombres para agarrarlo vivo o muerto, porque en el oeste no se andaban con bromas. Hardin, los espero con su sangre fría habitual, una escopeta de dos cañones y con muchas ganas de vivir. En cuanto llegaron, nadie dijo esta boca es mía y los disparos se sucedieron durante unos minutos interminables, finalizando con un saldo de tres muertos yanquis y una herida en el brazo del fugitivo a causa de una bala.

Existe controversia sobre lo que sucedió a continuación, si lo apresaron o se entrego, pero todo parece indicar que este mal herido, decidió capitular ante un sheriff que lo prefería vivo antes que muerto. En la cárcel, la fortuna estuvo de su lado. Otro prisionero, le vendió un revolver que tenía escondido a cambio de una suma de dinero. Convulsionando sobre su catre, simuló estar enfermo y un vigilante insensato, entró en la celda para ver lo que le sucedía. Se acercó al preso, desconocedor que bajo la manta ocultaba un colt calibre 38 que disparó sin compasión. Al momento aparecieron por la puerta 3 hombres con la intención de detenerlo. Los disparos relampaguearon en la prisión y en poco tiempo, el humo de la pólvora inundó la sala hasta impedir la visión. Instantes después, entre la bruma, surgió una figura, era la del pistolero. Tras de si, dejaba tres víctimas como coste de su huida.

A partir de entonces, el proscrito fue perseguido sin descanso. Hardin no perdió el tiempo, practicaba incesantemente el manejo de sus revólveres, consiguiendo tal pericia, que hoy en día podría ganarse la vida como malabarista. Décadas mas tarde, los nunchakus para Bruce Lee fueron una extensión de sus brazos, para Hardi lo fue su revolver. Pero para aquella época, en lugar del funambulismo, era mas práctico apretar el gatillo.

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Como toda vida tiene una historia de amor, tuvo tiempo para buscar a Jane, su antigua amada por la que había apuñalado a otro niño. Tuvieron 4 hijos, aunque pronto debió abandonar su apacible vida en familia, para luchar contra su destino.

Se le atribuyen asaltos en solitario a trenes, duelos con cazarecompensas y sheriffs afanados, que trataban inútilmente de vencer al famoso pistolero. Se convirtió en un hombre de mirada fría, corazón helado y gatillo fácil. Se dice que incluso en un pestilente hotel, mató a un inquilino de la habitación de al lado, únicamente por roncar. En esa misma ciudad llamada Abilene, un lugar olvidado de la mano de Dios, dominado por la prostitución y el juego, conoció al famoso Marshall Wild Bill Hickok, que sin saberlo, pidió a Hardin que le entregara sus armas. Este agarró sus revólveres por la empuñadura, amago con entregárselas y cuando este iba a agarrarlas, hizo un movimiento veloz e invisible como el de un prestidigitador, devolviendo las armas a sus propias manos encañonando al famoso Marshall.

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Pero la hazaña mas impresionante, semejante a la de las mejores escenas de películas de vaqueros, se produjo en el condado de Navarro. Para entonces trabajaba como ganadero, siendo un líder respetado por sus compañeros. Un día su grupo sufrió un encontronazo con unos bandidos mexicanos. Sus hombres acobardados, prefirieron evitar la confrontación, pero Jhon Wesley Hardin, nunca supo dar un paso hacia atrás. Los 5 forajidos se alinearon hombro con hombro para enfrentarse al joven pistolero. Como si se escuchara una señal de inicio del combate, los 6 hombres desenfundaron sus pistolas. Con una velocidad electrizante, Hardin hizo que su dedo apretara el gatillo, mientras con su otra mano, echaba hacia atrás el martillo del percutor en cada disparo, a la vez que apuntaba cambiando de objetivo. Muchos hombres para un solo pistolero, pero en un abrir y cerrar de ojos, los cinco bandidos fueron abatidos.

Una fuerte recompensa de 5000 mil dólares por su cabeza, fue argumento suficiente para que no hubiera llanura, cueva o cabaña en donde Hardin no fuese buscado indistintamente por Ranguers, Marshalls, cazarrecompensas o lugareños dispuestos a ganar una fortuna.

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Con ese panorama, decidió irse a Florida en un tren. Pero para su desgracia, ya era muy popular. Allí fue identificado y atrapado por unos Rangers, mientras enredado en sus tirantes, trataba inútilmente de sacar sus revólveres.

Como era un estado sin pena de muerte, se libró de la horca, pero no de una condena de cárcel que en principio fue de 25 años, pero debido a su buena conducta se redujo a 17. Allí estudió teología y derecho. En esa larga espera por la libertad, murió su amada, un triste final para una historia de amor.

Cuando salió de la cárcel con 41 años, había pasado mucho tiempo de sus mejores años, pero aun exhibía su habilidad con el revolver, disparando a naipes a larga distancia.

Cuentan que un día, encontrándose en la ciudad del sheriff Jeff Milton, fue visto por este, cuando tuvo un incidente con otro hombre. Era su último combate, el duelo final del pistolero, el día propicio para vivir o formar parte de la leyenda. Dicen que la reyerta acabo con el cañón del revolver de Hardin en el ombligo del contendiente. Mientras, el responsable de la ley, Jeff Milton, observaba a la distancia la escena del duelo, sin que le diera tiempo ni siquiera a echar la mano a la empuñadura de su pistola. Supo el Sheriff, que en caso de problemas, nunca saldría con vida en un duelo con Hardin.

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Pero todo el mundo encuentra la orna de su zapato, o su talón de Aquiles, que puede dar lugar a que se corra el telón que anuncia el final de su actuación en este mundo. Ese momento fatal que acaba con la vida de personajes que pasan directamente al limbo que se encuentra entre el mito y la realidad. En ocasiones, es propio de la naturaleza, poner un punto y final antes de la siguiente linea. Es decir, simplemente era el ocaso de un tiempo del que Hardin era protagonista destacado.

Fue considerado sospechoso del asesinato del marido de su amante. El sheriff Henry Selman, expeditivo, decidió presionar a la mujer para que declarara contra Hardin, pero este viendo la escena, amenazó al sheriff con matarlo si no la dejaba y ¿quién se atrevería a enfrentarse a John Wesley Hardin?.

Pero una noche, en donde nuestro protagonista estaba en una mesa de juego, se descuido sentándose de espaldas a la puerta. Lo sorprendió el sheriff por detrás, disparándole una bala en la cabeza que salió por el ojo, llevándose por el medio su vida. El final de un mito, que sólo podía ser abatido cobardemente. Se calculan 44 muertes a su cargo, algunos contabilizan algunas mas, fue el forajido que mas asesinatos tuvo a sus espaldas del lejano Oeste. Sea una u otra cifra, demasiadas para un solo hombre.

Para muchos un icono de su época, un rebelde confederado que no quiso ni pudo adaptarse a un nuevo tiempo. En su contra, también se verá un personaje indómito, con prejuicios étnicos y de gatillo fácil. Pero sin duda Jhon Wesley Hardin fue un hombre de su tiempo, que como el último canto del cisne, con su muerto, anunció el principio del fin del viejo oeste.

MANCROW

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