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EL PIRATA EN LA ISLA DEL HOMBRE CAIMÁN

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En los confines del mundo, una isla anclada en el océano, llamaba la atención por su peculiar figura, tan atrayente y misteriosa como los secretos que en ella se ocultaban.

En la parte oriental de la misma, destacaban dos montañas de siluetas seductoras con aspecto de dos senos femeninos. Entre ellos, hacía de canalillo una vegetación espesa, que finalizaba en un arenal en forma de media luna contenedor de aguas tranquilas cortadas por un arrecife. De frente, dos lenguas de tierra constituían la entrada a la bahía.

Entre la playa y el bosque, estaba acorralado un pueblecito, cuyas luces parpadeaban por la noche cuando las observabas desde lo alto de cualquiera de esas colinas de estimulantes siluetas.

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A mitad de una de ellas, existía una pequeña planicie en donde un mirador inapreciable desde el mar, era el refugio en donde clandestinamente todas las noches se encontraban una pareja de enamorados. Era cada atardecer, cuando la noche asomaba y el cielo adoptaba un mágico color azul. En esos escasos minutos, la vida y la muerte se daban una tregua. Los depredadores del día cedían el terreno a los de la noche y las posibles presas tomaban sus posiciones, ocultándose antes de la llegada de las tinieblas. Los hombres creían que en esos instantes, se abría una puerta a otro mundo despertando la imaginación de aquellos más soñadores.

Los amantes acostados boca arriba, miraban como el cielo se iba convirtiendo poco a poco en una cúpula llena de estrellas. Extasiados por la compañía y un cielo catalizador de sentimiento, se prometieron amor eterno.

Una brisa calida propia del caribe, agitaba la vegetación, provocando sonidos, que eran una caricia para los oídos. Mientras, una estrella fugaz cruzó el firmamento hasta desvanecerse en el horizonte para siempre.

-¿Tu crees que alguna vez dejaré de verte como a esa estrella?.- preguntó Daniel turbado por el simple hecho de pensar en que eso pudiera ocurrir.

-Eso no sucederá, salvo que tu no quieras verme.- Dijo ella mirándolo a los ojos mientras los suyos centelleaban por la emoción.

Una embarcación que entraba en la bahía lentamente llamó la atención de los dos. Los daños de su estructura, se podían ver desde la distancia y eso les hizo imaginar un viaje tormentoso, repleto de aventuras. Eso que en la oscuridad de la noche no pudieron distinguir, que se trataba de un barco pirata.

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En los siguientes atardeceres, ella no apareció. En el pueblo nadie sabía de ella, lo cual tampoco extraño demasiado. Esa pequeña población, estaba acorralada por la espesura de un bosque engullidor de exploradores y hombres imprudentes. Los pocos que habían llegado para contarlo, decían que había insectos del tamaño de un puño, pájaros de colas felinas y un águila de más de cinco metros de envergadura, que cazaba con igual facilidad un pequeño cervatillo o un hombre. Los árboles en luna llena, movían sus ramas cual brazos, de modo que algunos desafortunados que dormían a sus pies, eran abrazados mortalmente a medianoche. Pero lo peor estaba en los pantanos que había en el interior, seres capturadotes de hombres, criaturas de ojos rojizos, medio humanos medio reptiles. Los hombres-caimán como así los conocían en el pueblo.

Al otro lado de la población, antes de llegar a la única salida que tenía al océano, estaba el malecón. Allí abundaban los antros, algunos de ellos ricamente adornados, pero todos de mala reputación. En esos sitios, los piratas consumían el oro capturado a los galeones malgastándolo en alcohol y mujeres. Esos lugares habrían sido vistos por Dios con pudor, ya que con la misma facilidad se desenvainaba una espada como se bebía una barrica de ron o se acariciaba una nalga.

Sin perder la esperanza de encontrar a su amada, Daniel venció el temor y se dirigió con decisión por esas calles peligrosos, adoquinadas y humedecidas recientemente por una lluvia torrencial. Las antorchas se habían vuelto a encender, e iluminaban letreros de madera que pendulaban sujetos a barras de metal y en donde se podían leer nombres tan sugerentes como la “Taberna del corsario”, “El descanso del pirata o “La daga y la dama”.

Esa noche todos ellos se encontraban repletos y se podía escuchar desde fuera como en el interior cantaban, reían y gritaban sin pudor.

Se dirigía a la calle de Serrano, en donde siempre estaba un personaje siniestro, Alí el cojo, medio brujo y loco entero, que causaba más miedo que repulsión, lo cual a simple vista parecía imposible. Ya que de lejos era feo, pero de cerca era espantoso. Un grano de su nariz parecía un ojo y sus dientes las teclas de un piano, con más negras que blancas. Los ojos, no se ponían de acuerdo y uno miraba a babor y otro a estribor. El escaso pelo siempre grasiento, se pegaba a un cráneo repleto de manchas marrones. Sus palabras medio místicas, medio apocalípticas en combinación con su aspecto, causaban verdadero terror.

Aunque en circunstancias normales, Daniel jamás se acercaría a él, ahora tenía que hacerlo. Ese viejo sabía prácticamente todo lo que sucedía en la isla.

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Tras contarle Daniel lo sucedido, el ser espantoso le dijo que alguien que había llegado recientemente a la isla podría ayudarlo. Se trataba de un pirata que también había perdido en similares circunstancias a una amada. Le contó que lo había visto la noche anterior al final de la calle, mientras, se le acercaba zigzagueando por el efecto del alcohol. Sus piernas trastabillaban con todo al perder su agilidad y fuerza después de una larga noche de borrachera. Unos delincuentes lo esperaban en la esquina de una casa ocultos en la oscuridad de la sombra. El pirata en su cabeza tenía un sombrero, en sus brazos un barril de ron de unos tres galones y en su cinturón, su espada y su daga, que se hicieron invisibles para los ladrones cuando vieron colgado de su cintura una bolsa repleta de monedas. Craso error.

Como tenían previsto, los delincuentes se cruzaron en su camino. Sacaron sus cuchillos que brillaron por el efecto de las antorchas, mientras veían a aquel hombre despistado y aturdido. De pronto, los ojos del pirata recobraron la frescura como un murciélago sale de las tinieblas y desenvaino su espada con la mano derecha y su daga con la izquierda tan rápido, que a uno de los delincuentes no le dio tiempo ni a dar un paso atrás cuando ya tenía el puñal clavado en su gaznate.

El pirata giró sobre si mismo y detuvo con su espada una estocaba que habría sido mortal. Sin detenerse, hizo girar la punta de su espada de izquierda a derecha provocando un corte en la cara de uno de los enemigos.

Los otros forajidos se detuvieron en seco por la sorpresa y en ese impas de espera, el pirata bebió un trago de su barril como si aun se encontrara en el tugurio del que había salido.

El mejor espadachín de los forajidos blandió la espada y la extendió buscando el cuerpo del corsario, que detuvo el golpe con su barril. Después fue un visto y no visto, un pinchazo, un bloqueo, una espada que zigzageo desarmando al rival y la batalla se había terminado. Los delincuentes huyeron y el pirata callo sentado mientras a tientas buscaba el barril con el fin de terminar sus últimas gotas de ron.

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– Si quieres encontrarlo, yo te diré donde está- dijo el viejo extendiendo la mano en solicitud de una moneda.

Al entregársela, el viejo miró a los lados para comprobar que nadie los oía. Algunos de esos ladrones habían muerto en el combate y sabía que a una confesión del causante de esas perdidas, le podía seguir una venganza. Acercándose al muchacho, le susurró al oído el nombre de ese bucanero. Lo que no sabía es que los estaban escuchando. En lo alto de un árbol y en medio de su follaje, había un loro que extendiendo su pecho con orgullo, repitió lo que pensaron que era un secreto, el nombre de ese pirata.

– ¡El corsario negro!, ¡el corsario negro!

Ahora Daniel, ya sabía que encontraría al pirata en la Taberna de Ben el largo. Una casa de piedra próxima al puerto en pleno malecón. El dueño era un espigado Irlandes que había hecho una fortuna vendiendo alcohol y los servicios de prostitutas a los maleantes y delincuentes que en la isla se refugiaban.

En el interior, el antro estaba a rebosar tanto en la barra como en las mesas que eran atendidas por unas camareras voluptuosas de faldas largas y de escotes reducidos, que llevaban entre sus brazos grandes jarras de cerveza para los sedientos granujas. Cuando los clientes estiraban sus brazos para manosearlas, el dueño miraba desafiante, si no mediaba una moneda para compensar el atrevimiento.

En una de las mesas, un pirata hablaba mientras un gran grupo de personas interesadas en lo que decía, se arremolinaban en circulo para escucharlo mejor. Cuando miró entre las cabezas de los fascinados espectadores, vio que sentado en la mesa, había un hombre de mediana edad que era el centro de atención, vestido elegantemente de negro sostenía en sus hombros un loro gris, posiblemente traído de algún lugar de Africa.

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A su derecha un coloso de aproximadamente dos metros de alto. Era un hombre de raza negra con brazos y piernas que parecían de hierro y al que todos llamaban Ebano. Desde el percance de la noche anterior en donde el pirata se había enfrentado a varios atracadores, no se despegaba de él ni a sol ni a sombra. Al otro lado del hombre de negro, una figura enjuta y de facciones aguileñas, de menor estatura pero de apariencia muscular fibrosa lo custodiaba. Era un hombre de conversación corta y de espada veloz.

Pudo escuchar la historia que relataba el hombre de negro. Unos hombres, supuestamente piratas eran perseguidos por el gobernador de Jamaica llamado Morgan. Como había llegado tarde, no conoció el inicio del relato, pero por lo que pudo avegiguar, fue a causa de una muchacha y la posterior muerte del hijo del dirigente.

Después de varios días de persecución en alta mar, aquellos a los que perseguían se refugiaron en la bahía de una pequeña isla. Esperaban no ser encontrados por el barco de guerra que trasportaba al gobernador. En el peor de los casos, cuando asomara el barco del dirigente entre las rocas que los ocultaban, podrían disparar en primer lugar la ráfaga de proyectiles de sus cañones antes de que el buque del gobernador pudiera responder. Así fue, cuando asomo el buque de guerra a la vista de los perseguidos, diez cañones atronaron al unísono. Pero poco pudieron hacer contra el poder destructor del barco del gobernador que al instante y sin aparentes daños, respondió con treinta piezas de artillería desarbolando al buque enemigo.

De los treinta piratas que sobrevivieron al ataque, algunos escaparon al interior de la isla y fueron cazados como conejos. Otros quedaron heridos o fueron hechos prisioneros en el abordaje, entre ellos su capitán. Cuando fue llevado al gobernador, este lo sentenció a muerte por decapitación. El capitán pirata, en una petición que lo honraba, pidió que soltaran a sus hombres, en el caso de que tras arrancarle su cabeza pudiera caminar más de diez pasos. El gobernador divertido, prometió clemencia a sus compañeros en caso de que pudiera realizar esa inverosímil acción.

-Que me parta un rayo si ese hombre no caminó más de veinte pasos sin cabeza hasta que el gobernador lo zancadilleó.- dijo en la taberna el hombre de negro mientras los demás boquiabiertos y con los ojos completamente abiertos hacían exclamaciones de sorpresa y admiración. El narrador hizo una pausa, una mirada triste invadió su rostro que se dirigió a la mesa meditabunda.

Era el final de la época dorada de los piratas y conocedor de su fatal destino, recapacitó sobre su vida en donde pesaban más las muertes y las perdidas de seres queridos que las victorias en las batallas y la justicia que siempre lo había mantenido con cordura. Las grandes potencias inicialmente promotoras de la piratería para flagelar al imperio español, ahora en la decadencia de este, habían aumentado sus riquezas con el comercio de mercancías y el tráfico de esclavos. De tal modo que las nuevas potencias querían un mar seguro libre de bucaneros que ya no interesaban, eran molestos y por tanto había que eliminarlos.

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A pesar de estar buscado por todas las potencias y muy especialmente por la corona inglesa, aun había podido sobrevivir gracias a una tripulación que lo seguía con lealtad inquebrantable ya que dirigía sin titubeos, con decisiones meditadas, justas y convincentes. Cuando llegaba a los puertos, la gente lo aclamaba, ya que era generoso y aplicaba la justicia de la que carecían los gobernadores. Sin embargo todos sabían que algo lo atormentaba: quizás un amor frustrado, la muerte de seres queridos que no pudo superar o quizás todas ellas. Por eso en la batalla iba al frente buscando la muerte que hasta el momento le era esquiva.

Odiado por muchos y venerado por otros, provocaba controversias que nunca dejaban indiferente a nadie. Pero en lo que si estaban de acuerdo, es que en caso de una emboscada, un abordaje o un duelo de espadas, todos querían tenerlo de su lado.

Después, el pirata, pego un largo trago a su baso y continuó la historia.

El gobernador era un hombre despiadado que gobernaba con mano firme y decisiones injustas que enriquecían únicamente sus arcas y las de su familia. Inconfesable para la corona inglesa que lo protegía y conocido por toda la isla, era su afición a desflorar jovencitas que no habían llegado a la pubertad. Cuando alguien se interponía en su camino, destruía sus almas vejando a sus familias y desollando sus cuerpos al Sol sin compasión.

En esa ocasión cumplió parte de su promesa. La mitad, siete de esos piratas fueron colgados del mástil de su buque para que los viera toda la población cuando llegaran al puerto. Al resto que se encontraban heridos y agonizantes por la violencia de la batalla, los dejó en la arena al Sol para que se pudrieran en la desolada isla.

-Veinte pasos.- repitió el pirata, ya bajo los efectos del alcohol y sumido en sus recuerdos.

Pero el gobernador no podía imaginar que uno de aquellos hombres que quedó en la isla pudo sobrevivir. Y no era otro que aquel pirata vestido de negro, que sentado sobre la mesa intentaba ahogar sus recuerdos en aquel lugar infectado de rameras, ron y de recuerdos desagradables. Y podía contarlo, gracias al capitán de aquel barco perseguido por el gobernador. A la postre supieron todos que ese hombre, cuyos pasos sin cabeza lo salvaron, era su propio hermano.

Años después, en una noche Londinense como las que serían testigo décadas más tarde de los asesinatos de Jack el Destripador, se encontraba invadida por la bruma. Una niebla espesa que ya empezaba a adoptar diferentes colores debido a la contaminación y a los seres invisibles que trastocan nuestra visión de la realidad. En ese momento, la mente enfermiza del gobernador maquinaba. En uno de los suburbios, en donde la miseria era dueña del terreno, la cara del infortunio se veía reflejada en los niños pordioseros y en las prostitutas que lo abundaban. El gobernador Morgan se dirigía allí en su carromato hacia un lugar en donde lo habían citado. Se encontraba excitado, allí era un terreno fácil para conseguir por poco dinero a jovencitas como decía él, para sus depravaciones sexuales, aunque en realidad se trataba de niñas que no pasaban de los doce años. Le habían dicho que un delincuente de la zona le conseguiría buen material, como así le llamaba a las pobres muchachas.

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Al llegar a la casa acordada, descendió con su asistente del carromato y se dirigió a la entrada del edificio. Se asombro al ver que salía de la puerta, un gigante de raza negra con brazos y piernas que parecían de acero, que no se detuvo ante su sorpresa y agarrando por la cabeza al hombre que le acompañaba, le quebró el cuello. El gobernador se dio cuenta que era una trampa, retrocedió unos y se introdujo en el carromato dando orden al conductor que lo sacara de allí inmediatamente. Ante la fusta, los caballos relincharon y salieron al trote del atolladero. El gobernador Morgan rió de satisfacción, todo había sido culpa de esas malditas niñas, pensó en su interior. Lo que no pudo percibir en la oscuridad es que en frente, dentro del carromato, había sentada otra persona que salió de las tinieblas y se sentó a su lado, empujándolo contra la pared del carromato mientras le clavaba una daga en el estómago.

-Buenas noches Gobernador Morgan.- el cual miró asustado a su agresor reconociéndolo de inmediato.

Aquella figura que salió de la obscuridad impertérrita le dijo a continuación- Por lo que has hecho y haré a continuación nos juzgarán en el mas allá.- Esa voz era del Corsario Negro.

Tras la historia, en la taberna se hizo el silencio, lo cual aprovecho Daniel para preguntarle:

-Dicen que usted perdió una amada en esta Isla, quizás pueda ayudarme. La mía desapareció del pueblo hace unos días y no la he vuelto a ver.

El pirata despertó de su letargo.

-Estará en el pantano al otro lado de la isla, pero quizás es demasiado tarde para que la encuentres.

De repente aparecieron por la puerta de la taberna un grupo de piratas, que a leguas se veía que venían a buscar al Corsario Negro, eran cazarecompensas. El grupo que rodeaba al pirata se disolvió en un instante en vista del inminente combate. Daniel aprovechó ese instante previo para salir del tugurio.

Subió por la calle empedrada que conducía al bosque y se encontró a la entrada del bosque, se detuvo un instante por temor, pero no tenía tiempo que perder. Ahora sabía donde estaba su amada, tenía que buscarla antes de que fuera demasiado tarde. Atravesó unos matorrales y se adentró en ese bosque siniestro que se había convertido en una leyenda. La luna llena brillaba en el firmamento, ese astro de la oscuridad estimulador de depredadores asesinos que asustan al hombre, pero en esa frondosa vegetación además, había algo invisible que atemorizaba hasta la bestia más salvaje del mundo conocido.

Tras caminar un buen rato, el sendero se fue estrechando y el suelo se lleno de hierbajos que subían por encima de su tobillo. Allí empezaba la ciénaga. Se quedó paralizado un momento. Mientras, entre los juncos distinguió una figura que se movía. Se le pasó por la cabeza huir, escapar de ese bosque encantado, pero no le daría tiempo, ese ser se le acercaba velozmente. De repente distinguió un rostro familiar, era el de su amada. Sonreía mientras se le aproximaba. Parecía arrastrarse por esas aguas estancadas sin que la cabeza dejara de mantenerse erguida. De pronto sus ojos centellearon con un color rojo intenso. Saliendo del agua distinguió lo que parecía una cola de un reptil. Por un instante pensó que era de otro animal, pero pronto se dio cuenta que era parte de ella. Extasiado, paralizado por la impresión y el terror pudo escuchar al fin su voz.

-Siempre estaremos juntos.

FIN

2 comentarios en “EL PIRATA EN LA ISLA DEL HOMBRE CAIMÁN

    1. Gracias Bienvenida.Me alegra mucho que te acuerdes de mi. He vuelto a escribir algunos relatos. Disfruto mucho pensándolos, por eso creo que continuaré publicando y más al leer comentarios como el tuyo. Un fuerte abrazo

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