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EL ORIGEN DE LA BRUJA

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Vivía apartada del pueblo, en un lugar tenebroso. En frente de su casa había una ciénaga y desde su ventana, podía ver una casa de madera destartalada, custodiada a ambos lados por unos árboles de ramas retorcidas, que parecían brazos artríticos prácticamente despojados de vegetación, salvo unos filamentos que semejaban barbas. Allí se posaban los zamuros, una especie de ave carroñera que se sentía atraída por ese lugar putrefacto.

La morada, parecía estar suspendida sobre el cenagal en donde los juncos crecían alrededor de la edificación concediéndole un aspecto mucho más siniestro. En un lugar así, sólo podía vivir el mal.

Los Menendez se refugiaban allí. Todos sabían que durante el día se dedicaban a la delincuencia, sin embargo por la noche, era mucho menos obvio lo que hacían. Nada bueno, eso seguro. Todos creían que practicaban magia negra.

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Aunque diariamente miraba la vivienda con desasosiego, la presencia de tan pérfidos vecinos, no afectaba lo más mínimo la vida diaria de Meiga, que vivía con sus abuelos a escasos metros de los Menendez.

Cuando salía de la escuela, se dirigía a la tienda de su abuela. Para ella era un acontecimiento mágico. Aunque vendía todo tipo de recuerdos para los turistas, poseía un pequeño museo de cosas extrañas; objetos encantados, muñecos poseídos y cosas por el estilo. Sus abuelos, trajeron todo aquello de tierras lejanas, de un lugar que se llama Galicia de donde eran originarios. La zona de la que venían, era conocida por la armonía con la que viven los vivos y muertos, ya que estos últimos encuentran en esas tierras todo lo que necesitan.

Cuando algún cliente le pedía a su abuela quitarle el aire, como así llamaban al mal de ojo, Meiga se quedaba al frente de la tienda a pesar de que a duras penas alcanzaba el mostrador. Pero ella ponía todo el empeño ya que se sentía plenamente responsable del correcto funcionamiento del negocio.

Cuando cerraban el local, se iban juntas a la casa, en donde las esperaba su abuelo que dejaba de tallar las figuras de madera que también se vendían en la tienda.

– Estas maderas tienen alma mijita.- le decía el viejo con una sonrisa. Lo cual nunca se atrevió a desmentir, ya que no se sabía su procedencia aunque sin duda se extraía de los lugares más recónditos de la selva.

Su habitación, como toda la casa, estaba recubierta en techo y suelo por madera barnizada de un color que contrastaba con las paredes de granito típicas de esa región de donde venían los ancianos. Cuando el abuelo hacía una figura excepcional, iba a la habitación de la niña y le decía:

– No hay nadie más digno que tu para recibir este regalo.

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Así, la habitación de la niña, estaba repleta de muñecos, seres extraños de leyenda que existen en las selvas y mascaras de aspecto amenazante.

En el cuarto, siempre la recibía efusivamente una de sus mejores amigas, Lua, un cachorro de labrador abandonado que había aparecido en la casa. Con ella empezó a aprender como se le hablaba a los animales y a ver a través de sus ojos.

Como ya habréis podido imaginar, sus abuelos trajeron de las hermosas y extrañas tierras de las que procedían, mucho más que simples recuerdos. Con ellos vinieron los conocimientos ancestrales, misteriosos, diría que mágicos de ese territorio y con la paciencia que les caracterizaba, fueron enseñándole a Meiga todo lo que sabían.

Un día mientras practicaba con un libro de su abuela, trató de mover una pequeña piedra sin tocarla, sólo con los poderes que había aprendido. Su mente se cansó tanto, que se desmayó y tuvo que ser Lua quien la despertó cariñosamente lamiendo sus mejillas.

Esa apacible y feliz vida duró unos años, pero se vio truncada por una serie de acontecimientos nefastos que sucedieron uno tras otro, en muchos casos relacionados, como las piezas erguidas de un dominó que van cayendo una sobre otra.

Primero fue Lua, que desapareció en la Cienaga. Sin decirlo, todos pensaban que los Menéndez habían sido causantes de esa perdida.

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El siguiente suceso aciago, ocurrió una noche de San Juan. Su abuela mientras cerraba la tienda, fue asaltada y asesinada sin que se llegara a saber quienes eran los malhechores.

Por el disgusto de perder a la persona que amaba y que durante 50 años le había acompañado, su abuelo envejeció de manera alarmante en las siguientes semanas como si hubiesen trascurrido dos décadas.

Fue Meiga quien vio desde la ventana de su habitación como su abuelo caía de bruces en la carretera que conducía a la casa. Cuando llegó a su lado para auxiliarlo, vio su boca ensangrentada y lo arrastró como pudo hasta su cama de la que nunca más se volvería a levantar.

Cuando se quedó sola, era una adolescente. Para sobrevivir, puso en práctica todo lo que le habían enseñado sus abuelos, especialmente la talla de figuras que vendía en el pueblo. Nunca dejó que los pensamientos negativos con los que le atacaba el demonio, mitigaran lo más mínimo su voluntad. Cuando eso sucedía, recordaba todo lo bueno que tenía por muy insignificante que le pareciera a los demás.

Una noche de Halloween viendo el creciente abandono de la casa de los Menéndez, su espíritu bondadoso la empujó a cocinar para ellos entregándoselo como presente. Preparó un rico asado de carne relleno con ciruelas, hortalizas y huevo acompañado con un pure condimentado con leche, mantequilla, pimienta y nuez moscada. De postre, una deliciosa tarta de chocolate Sacher con su mermelada de frambuesa casera. Cuando terminó, la duda le asaltó, nunca había ido a esa casa tan tétrica.

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Tomó el valor suficiente y con paso firme y decidido, se plantó en frente de la puerta de los Menéndez y golpeó la aldaba oxidada que tenía la forma de la cabeza de un diablo.

– ¿Quién anda ahí?.- se escucho una voz chirriante de una vieja desde el interior.

– Soy yo Meiga la vecina, vengo a traerles algo.

Cuando le dieron orden de pasar, entro en un cuarto desordenado que servía de igual manera como cocina, salón o dormitorio.

– ¿Qué nos traes, tus migajas?.- sonó una voz grave cavernosa que provenía de la esquina de la habitación.

Meiga supo al instante que se había equivocado.

Era el señor Menendez, un hombre alto y fornido que estaba sin duda borracho, lo cual no le impidió acercarse lo suficientemente rápido para propinarle un golpe en la cara sin que la adolescente, que se cayó al suelo por el impacto, pudiera reaccionar.

– Rómpele la cabeza.- gritó la vieja sin compasión, tratando de cerrar con su cuerpo la huida por la puerta de su presa.

La adolescente de una patada se deshizo del hombre y logro salir de la casa de los Menéndez para llegar a la suya, encerrándose en su habitación.

Sintió como ascendían apresuradamente por la escalera de la vivienda de sus abuelos y al instante golpeaban la puerta de su cuarto tratando de abrirla.

Miró a su alrededor y vio una bola de Cristal y pensó que podría arrojársela con todas sus fuerzas concentrándose como le habían enseñado. La bola se suspendió en el aire temblorosamente y cuando se dirigía a la puerta, cayó repentinamente al suelo rompiéndose en mil pedazos.

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Viendo el error, Meiga desesperada y víctima del pánico, se puso a llorar desconsolada apoyándose en la mesa con sus brazos mientras decía:

– ¿Por qué me dejasteis sola?.- refiriéndose a sus abuelos.

Entonces de su interior surgió una voz que reconoció como la de su abuela.

– Respira mi amor, respira.- y lo hizo como ella le había enseñado, cogiendo el aire más allá de los pulmones.

Se puso de pie y extendió los brazos en cruz con las palmas de las manos hacia arriba. Sobre la mesa había un libro que comenzó a agitarse con violencia. Estaba en lengua Gallega, el lenguaje que utilizan las brujas para sus hechizos. Varias páginas pasaron rapidamente sin que nadie las tocara hasta detenerse en una cuyo título era “EL DESPERTAR”.

Con voz enérgica comenzó a leerlo.

(Nota del autor: me remito a decir las palabras traducidas al español para evitar invocar cualquier poder incontrolable).

Cuervos, buhos, brujas y serpientes, animales de la noche y demonios del inframundo. Trolls, hadas y duendes; espíritus que venís de las tinieblas, zamuros, caimanes y hechiceros…

– Maldita sea, ¡Abre la puta puerta!.- gritaban desde fuera los Menéndez mientras la aporreaban.

… ratas peladas, , crujido de escarabajo pisoteado, periodo de una ballena, bilis de cocodrilo, vómito de hiena, mal de ojo, embrujos del voodo; pie de cabrito, ánimas descarriadas, salid de la oscuridad y del lugar de las alimañas.

– ¡Te voy a cortar la cabeza!, así podré decir que te maté igual que a tu abuela.- profirió Menendez con su voz espeluznante desde el pasillo.

…camino maligno que sigue la Santa Compaña en medio del hedor a muerto, pedos de Belcebú.

– ¡Trae el machete!, la voy a cortar en pedazos.

Y con voz más poderosa Meiga finalizó:

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– Con mis frases invoco a los seres del bien, a la fuerza del río amazonas y a toda su naturaleza para que despierten las almas de los amigos y los seres queridos que se han ido al otro mundo.

De repente fuera, los pájaros se agruparon en el cielo, incluso aquellos que son por naturaleza solitarios y adoptaron figuras de personas. Los murciélagos salieron de sus refugios y revolotearon despavoridos en todas las direcciones.

Dentro, se hizo el silencio, pero al instante se escucho el crujido de madera. Articulaciones rígidas que cobraban movimiento, mientras las velas parpadeaban con su luz anaranjada.

Los Menendez consiguieron su objetivo y la puerta se vino a bajo, pero al ver lo que había en el interior del cuarto sus rostros se contrajeron como reflejo del terror. El ejercito de muñecos y monstruos de madera que tenía Meiga en su habitación, estaban delante de ellos, de pie, caminando lentamente pero inexorablemente hacia ellos. La señora Menéndez sufrió un colapso y murió en ese mismo momento y el señor Menéndez retrocedió equivocadamente por las escaleras del sótano que no tenía salida, mientras los muñecos de madera lo seguían cerrando a sus espaldas la puerta del sótano.

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Ya se que os parecerá una historia un poco fantasiosa, a mi me pasó lo mismo. Por eso este año me dirigí a Leticia, una pequeña ciudad del amazonas a donde se accede únicamente a través del río o de un Avión. Como allí sucedieron estos hechos, debía comprobarlos.

Cuando aterricé en esa villa, me dirigí en un tuc tuc, a una plaza en cuyas palmeras se reúnen al anochecer una multitud de loros escandalosos por su urgencia en contarse lo sucedido durante el día.

En una de las esquinas, hay una tienda que es una delicia para todo turista y coleccionista que se precie. En un ambiente de vejez encantadoramente remota, se pueden ver fósiles de animales extintos, libros cuyas páginas para un neófito son indescifrables y figuras talladas por las tribus más escondidas del Amazonas.

Es regentada por una viejecita a la que todos conocen como Meiga. Recibe a sus clientes con una sonrisa afable y un carácter cautivador. Allí acuden para preguntarle miles de cosas:

– ¿Será que mi marido me engaña?, ¿Cómo podré enamorarla?, ¿puede quitarme el mal de ojo?…

Cuando iba a llegar mi turno, Meiga salió del cuarto y se dirigió a la señora que estaba delante de mi, que sin demora le expuso:

– Mi casa esta encantada, tiene que ayudarme. Por favor, se lo suplico.

Con su voz tranquilizadora y expresión bondadosa le respondió.

– No te preocupes, seguro que encontraremos una solución.

Vi como caminaban hacia una sala en el interior de la tienda y como cerraban una cortina para mantener la confidencialidad de lo que allí se hablaba y en ese momento pude leer un cartel:

LAS BRUJAS NO EXISTEN PERO QUE LAS HAY LAS HAY.

FIN.

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