EL PERRO YOGUI Y EL MONSTRUO DEL BOSQUE

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Siempre me han gustado los animales. Creo que lo heredé de mi abuela materna llamada Paz, que vivía con mi abuelo en un aserradero que se encontraba al borde del mar. Como la finca era muy grande, tenía todo tipo de animales; cabras, gallinas, pavos, cerdos, burros, patos, gatos, etc. Algunos eran comprados, otros regalados y la mayoría llegaban allí para refugiarse al abrigo de mi abuela. Muchas veces mi abuelo Marcelino se enfadaba con ella, porque salvo cuando algún obrero del aserradero los sacrificaba para comérselos, mi abuela los dejaba morirse de viejos.

Tengo que decir que no todos los animales venían por tierra, algunos llegaban por el mar, como por ejemplo, los patos salvajes y así es como sorprendentemente, apareció uno de los protagonistas de esta historia.

Se llamaba Yogui, nombre que le puso mi tío Pepe, por unos dibujos animados de Hanna Barbera. Pero no era un oso como en la ficción, sino un perro mestizo de color blanco y de tamaño superior a los de su especie. Llego nadando y por ello mi tío, decía que posiblemente había caído del barco de algún marinero. Mi abuela que era mucho mas mística, pensaba que alguna divinidad lo había traído para ayudarnos, algo que parece confirmarse, como podrá comprobar el lector a lo largo de la historia.

Yo lo vi por primera vez en el garaje de la casa de mis abuelos, que se encontraba en la planta baja en donde dormía Yogui. A mi me encantaban las películas de vaqueros y acababa de estrenar unas botas camperas que acompañaba de una cartuchera y unos revólveres de juguete. Me sentía un pistolero, pero como todo vaquero que se precie, necesitaba un caballo. Por tanto, me intenté subir en varias ocasiones al lomo de Yogui, pero este no estaba dispuesto a que lo hiciera. Debido a mi insistencia y para zanjar el tema, me propino un fuerte mordisco en el pie que salvaron las botas camperas. Yo lloraba tapando la boca con mis manos, ya que no quería que lo riñeran.

Después nos hicimos grandes amigos y muchas veces me acompañaba a donde fuera sin que un mordisco o una palabra mal sonante mediara entre nosotros.

Un día mientras jugaba en la finca, se me ocurrió ir a buscar unos cangrejos que en ocasiones utilizaba en mis juegos como carruajes o tanques. Para ello, decidí ir a una playa que se llamaba Coterín. Era un arenal con forma de medialuna, que acababa en una roca muy grande de unas 3 toneladas en forma de corazón. Dice la leyenda que cuando la crearon, en realidad querían destruir la roca haciéndola explotar desde su base, pero como no lo consiguieron, le pusieron el nombre de Cabrona.

Espero que disculpe el lector, a veces me despisto y pierdo el hilo conductor de la narración, volvamos a él.

Esa playa, se encontraba aproximadamente a un kilómetro del aserradero. Parte del trayecto se hacía a través de la carretera general, pero llegaba un punto, en donde debías recorrer un camino sinuoso, que descendía serpenteante hasta el arenal. Ese trayecto estaba a ambos lados cubierto por una vegetación espesa de pinos, robles, sauces y mucho matorral. En esa ocasión me acompañaba Yoqui, que se había adelantado para llegar pronto a la playa.

Cuando uno camina por esos bosques, escucha los animales que caminan, trepan y reptan por la vegetación, sin que los puedas ver. A mitad del trayecto sentí un olor putrefacto, de estos que te producen nauseas. Unos pasos mas adelante, vi un hueco entre la vegetación como el que hacen los conejos o los jabalíes, pero este tenía una altura inusualmente alta. Obvio es decir, que a pesar de la inconsciencia de mis 8 años, sentí el peligro. Unos segundos después, escuché del interior de ese agujero, un gruñido estremecedor y unos pasos que se dirigían hacía mí, aunque no podía ver lo que se acercaba.

No se si alguna vez habéis sentido esa sensación, a mi me pasó en otra ocasión y os garantizo que es escalofriante.

Las pisadas cada vez se escuchaban mas cercanas y sabía que en breves segundos aparecería entre la maleza. Se produciría inevitablemente, el encuentro indeseable. Entonces, sentí algo detrás de mi que en una fracción de segundo, pasó a mi lado cortando el viento, era Yogui. Sólo le escuche un jadeo, se dirigía decidido al interior del agujero de la vegetación para evitar mi encontronazo con esa criatura. Desapareció en el hueco y en un abrir y cerrar de ojos escuche un impacto y unos rugidos que indicaban un combate fiero.

Dicen los psicólogos y antropólogos que en situaciones de peligro, los humanos tomamos dos alternativas, o luchar o correr. Yo tenía 8 años y elegí la segunda opción. Subí el camino zigzagueante y tortuoso, a todo la velocidad que me permitió mi edad. Cuando te sientes en peligro, tu cuerpo inyecta adrenalina para estimular la fuga y la sensación te lleva al borde del pánico y de la inconsciencia. En pocos segundos, llegue a la carretera y perdí la sensación de que algo me seguía, pero continué corriendo y llorando hasta llegar a la casa de mi familia. Estos al verme, se dirigieron hacia mi para ver lo que sucedía. Yo no podía parar de sollozar y solo decía monstruo, bosque y Yogui, entre palabras ininteligibles. Mi abuelo tenía una escopeta, la agarró y nos fuimos junto a mi padre de nuevo al bosque.

Querido lector, hay diferentes tipos de amor y el que sentía por ese perro, es la máxima adoración que se puede tener por un animal. Y todos sabemos que cuando amas, muchas cosas pasan a segundo termino, como por ejemplo el peligro. Ahora en compañía de mi familia, encontraríamos a Yogui.

Y allí, a unos 50 metros del hueco en donde había esperado acechante ese ser, estaba lo que buscábamos. Yogui tumbado en el suelo, se encontraba cubierto por su propia sangre. Había logrado salir de la pelea con esa criatura y a continuación intentó inútilmente llegar a la casa. Estaba jadeante y levantó un poco la cabeza para ver quien se acercaba. Os parecerá increíble, pero ese perro me miró, quizás el también me quería, porque yo creo que lo hizo para comprobar que me había salvado.

Mi padre no era veterinario, pero era un médico de los que enorgullecen a su profesión. Sin embargo, Yogui estaba muy malherido y nada pudo hacer por él. Pronto dejo de respirar y supimos que había muerto.

En Galicia, de donde soy yo, se hacen cacerías organizadas contra los lobos, cuando estos se acercan demasiado a las casas o atacan al ganado. Es sabido por muchos, que cuando se incendian los bosques por culpa del descuido de la gente o por los pirómanos; los zorros, lobos y toda clase de alimañas, se acercan inusualmente para encontrar comida, a la criatura que mas temen del mundo, que es el hombre.

Cuando mi padre denunció el hecho a las autoridades, se cansó de repetirles una y otra vez que eso no podía ser culpa de los lobos y de que otro animal mucho mas grande y peligroso estaba dentro del bosque. Sin embargo, no le hicieron caso y días después, tres lobos fueron abatidos injustamente en la zona.

Yo se que hay lectores muy emocionales como yo y coincidirán que este no es un final digno de Yogui, por tanto, retomo el relato para finalizarlo.

Mi padre era muy inteligente y siempre sabía lo que tenía que hacer. Yo estaba completamente desconsolado al lado de mi amigo Yogui. Entonces, lo agarro, lo puso en su regazo y me dijo que le siguiera. Descendimos por el camino hasta la playa y nos dirigimos hacía la Cabrona, la piedra en forma de corazón que os comenté anteriormente. A veinte metros de ella, enterramos a Yogui. Aquellos que no conozcan la zona, debo decirles, que desde esa colina ves el mar y por las noches, se observa como el reflejo de la luna sobre los peces, parecen representar danzas con velos luminosos. En ese mágico lugar, mi padre me dijo que Yogui despertaría por la noche y que se introduciría en el mar de donde había venido. Al anochecer en mi cama y con ocho años, soñé que Yogui llegaría a algún lugar, en donde ayudaría a alguien como había hecho conmigo.

FIN

MANCROW

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