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EL CORSARIO NEGRO

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Cuando se dieron cuenta que los barcos a los que perseguían no eran mercantes sino navíos de guerra holandeses, ya era demasiado tarde para evitarlos. Habían caído en la trampa, los lobos se habían quitado la piel de cordero y como dientes afilados a punto de morder, emergieron de sus entrañas los cañones. Sin tiempo a reaccionar se escuchó el rugido de aquellas armas de las que salió el humo de la pólvora y los proyectiles de sus bocas.
El impacto de las balas en la estructura del barco provocó un seísmo en este, acompañado de un terrible estruendo. Las astillas de madera causadas por la explosión, se dirigieron en todas direcciones hiriendo a gran parte de los marineros que estaban en la bodega. Incluso aquellos que sobrevivieron, salieron despedidos contra las paredes y los que estaban en la cubierta perdieron el equilibrio cayendo sobre la superficie.
Aun aturdidos por el primer golpe, del segundo barco holandés salió otra ráfaga pero esta vez de metralla. Pretendían aniquilar a los hombres que estaban en la cubierta y en el puente. Los cascotes atravesaron con facilidad la madera del barco y zigzaguearon por la cubierta como ratones metálicos perforando todo lo que encontraban a su paso incluyendo la carne y los huesos de algunos infelices marineros.
Un trozo de metralla impacto sobre el mástil principal dejándole una cicatriz, pero a pesar de ello se mantuvo erguido y sosteniendo en lo alto la bandera en cuyo interior una calavera sobre dos fémures era una clara advertencia de que había que andarse con cuidado con aquellos hombres, ya que eran piratas.
El capitán, un viejo bucanero, sin dejarse llevar por las circunstancias gritaba desde el puente arengando a los hombres para que volvieran a sus puestos. Dio orden de mover la verga del trinquete a estribor y el barco giró de inmediato hacia el otro lado. En la bodega se escuchaba un ajetreo frenético. Después se hizo un silencio, el capitán esperaba la posición adecuada, la sincronización inverosímil, su rabia armada con la boca de sus cañones. Entonces, grito casi hasta desgañitarse.- ¡FUEGO!. Y siete piezas de artillería dispararon casi al unísono. De nuevo un terremoto apresó al barco, pero esta vez el daño era causado a un navío holandés. El mástil mayor del enemigo cayó como un árbol talado y la nave quedó ingobernable por algún tiempo.

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Sin pausa para festejos, los artilleros de ambos lados cargaban los cañones a toda velocidad, un segundo era cuestión de vida o muerte. Mientras, el capitán pirata extendió su catalejo y observó a sus enemigos. A lo lejos divisó un tercer barco de guerra que se quería sumar a la contienda, un buque aun más grande que los otros dos.
Aunque no había en todo el océano Atlántico un barco tan rápido como el suyo en arribar velas o cargar cañones según fuera menester, pensó que eran demasiadas hienas para un león herido. De nuevo dio orden de mover la vela de trinquete y el barco giró sobre si mismo. Cuando el viento golpeó sobre el velamen de la mayor la embarcación pirata se alejó de la batalla ofreciendo únicamente la popa como blanco. Varios proyectiles silbaron sobre sus cabezas y otros cayeron en el agua en donde segundos antes se encontraban. En esos instantes, el capitán pirata se mantuvo impertérrito en lo alto del puente, un hombre odiado por muchos y reverenciado por otros y es que no era un hombre cualquiera, sino aquel a quien todos conocían como el Corsario Negro.
Tras navegar unas horas, los barcos enemigos se perdieron en el horizonte, salvo aquel tercer buque que se aproximaba inevitablemente a pesar del esfuerzo de toda la embarcación de bucaneros para que eso no sucediera.

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A medida que pasaba el tiempo aquel punto lejano se iba trasformando en la figura amenazante de un barco colosal. El capitán extendió el catalejo y pudo ver sus 40 cañones y sobre el puente calculó unos 100 soldados perfectamente uniformados, más del doble de los que él poseía. Entre ellos distinguió a Roque el Brasiliano un holandés conocido con el sobrenombre de “la plaga de los españoles” aunque su brutalidad no distinguía procedencias. Era común que asara a sus enemigos a los que ensartaba vivos en una estaca para posteriormente despedazarlos. En otras ocasiones anudaba con una cuerda el cuello de las víctimas para retorcerlo con un palo hasta que les saltaban los ojos. Un verdadero psicópata que sobrepasaba lo imaginable en cuanto a crueldad se refería. Las autoridades holandesas, pasaban por alto estos actos atroces, ya que en aquella época todo valía con tal de dañar al imperio español, que por entonces, ya daba signos de decadencia.
Un navío formidable y un numeroso ejercito a disposición de un hombre bestial. Era momento de poner mar de por medio, pensó el Corsario negro. Al instante ordenó aligerar el barco, arrojando por la borda todo aquello que no fuera imprescindible y cuando vio que eso no era suficiente, a regañadientes, mandó desprenderse de todas las existencias obtenidas días atrás en sus asaltos a mercantes.
Ese depredador de los mares, se acercaba ineludible hacia la confrontación, cortando el mar sin que las olas prácticamente se interfirieran en su camino. Los marineros del barco pirata, miraban preocupados de vez en cuando hacia atrás esperando que en cualquier momento aquel navío asomara por la popa abordándolos. El encuentro entre ambas embarcaciones pronto sería un hecho.
Los ojos azules del capitán, divisaron a lo lejos una tormenta. Entre la batalla y el infierno, eligió a este último, por lo que se adentraron en la tempestad. En su interior, las olas, como lenguas voraces, engullían todo lo que había en la superficie del mar. El barco crepitaba en el oleaje a merced de la naturaleza, mientras el viento huracanado arrastraba la espuma salpicando toda la cubierta. A veces en lo alto de una ola, quedaba suspendida la proa por unos instantes en el vacío, para caer violentamente su quilla nuevamente sobre el mar. Para entonces, el capitán había exigido que la tripulación se refugiara en la bodega y él atado al timón, luchaba contra la furia de la naturaleza. Mientras maldecía a la deidad por su mala suerte, la estructura quejumbrosa del barco chirriaba anunciando un pronto naufragio.

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Entonces sucedió algo inverosímil que por un momento pensó que era una alucinación. Una brecha se abrió en la tempestad y el barco navegó en medio de un lago de calma. A su alrededor, se veían los azotes de la tormenta, como si esta fuese frenada en seco por un cristal invisible, mientras su embarcación flotaba por un mar de calma.
De repente, una niebla espesa y negruzca que se volvió infranqueable para la vista, empezó a invadir ese océano de tranquilidad. Un silencio turbador se esfumó al escucharse el crujido de madera propio de un barco. De entre la bruma surgió la silueta negruzca de un navío que le daba una apariencia espectral. El capitán se frotó los ojos al ver que una figura traslúcida con ropa andrajosa y aspecto cadavérico caminaba lentamente sobre la cubierta. Entretanto, sujeto al timón del buque fantasmal, se encontraba otro espectro mucho mas aberrante. Sus ojos se cruzaron con los del capitán y de las tinieblas de los mismos, pudo observar el peligro de aquel engendro salido del infierno. Sin duda, era el holandés errante. Cuando el barco pasó al lado del suyo, pudo distinguir que de aquel monstruo, surgió una sonrisa sarcástica del que espera de su víctima un final atroz.
Sin tiempo a reponerse, esa embarcación sombría desapareció de entre la oscuridad y como si aquel engendro lo hubiese atraído hacia él, apareció entre la bruma, aquel barco que horas antes lo había perseguido. Era el barco de guerra holandés, tripulado por el despiadado Roque el Brasiliano.
Trató de desembarazarse de las cuerdas que lo sujetaban al timón, mientras veía en el puente del barco enemigo como el inhumano capitán lo miraba de la misma manera que lo había hecho minutos atrás aquel espectro grotesco. Desde la cubierta un grupo de soldados le apuntaban con sus mosquetes, mientras otros amarraban ambos barcos para que unos 40 holandeses descendieran para el abordaje. Cuando vieron que sobre la embarcación sólo estaba el capitán, se arremolinaron alrededor de la puerta que conducía a la bodega.
Eliminar a aquellos hombres para los holandeses, era sólo desembarazarse de un pequeño obstáculo en su camino expansionista. Sin saber que aunque bajo ella, estaban unos hombres repudiados por la sociedad, gente de mal vivir, nacidos en el infortunio, escoria propia de la gangrena de este mundo, habían sido rescatados del abismo de la miseria por ese viejo capitán pirata que a cambio de una lealtad sin fisuras, les proveía de la esperanza de una existencia futura repleta de riquezas. En cuyo camino, se encontrarían una vida llena de excesos en los que no faltarían mujeres y alcohol a raudales. A cambio, les exigía una disciplina marcial que les adiestraría para manejar con igual destreza la empuñadura de una espada, la caprichosa puntería de un arcabuz o la lucha cuerpo a cuerpo. Todo ello sin temor al enemigo por muy fiero que este fuese, hasta llegar al punto de ser capaces de mirar a los ojos a la muerte y decirle sin titubear.- “aquí te espero, ven a buscarme cuando quieras”.
Un gesto de un oficial holandés, indicó que levantaran la tapa que conducía a la bodega. Mientras un grupo de soldados apuntaban con sus mosquetes preparándose para disparar a todo lo que saliera de allí, sin saber, que estaban destapando la caja de Pandora, un arcón repleto de truenos y relámpagos convertidos en una furia y violencia que jamás imaginarían.

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Cuando surgió de allí una figura, todos dispararon al unísono sin saber que era un muñeco hecho por aquellos hombres que pretendían aplastar como a un insecto molesto. Mientras volvían a cargar sus armas, tras él espantajo, surgieron todas esas alimañas de la sociedad, que fueron saliendo del agujero en el que se había convertido la bodega, apoyando sus extremidades como arañas que caminan sobre sus mallas. Esos hombres sujetaban en sus manos chuzos, alabardas, dagas, hachas y todo tipo de artilugios para la guerra con los que pinchaban, clavaban, insertaban y despedazaban a todo el enemigo que allí se encontraba. Un oficial holandés trató de dar una orden que fue apagada con una daga que le atravesó desde a bajo el diafragma y el pulmón, mientras el pirata parecía decirle:
– No te preocupes, a partir de ahora nos encargamos nosotros.
En el puente, el capitán recibió el fuego de los mosquetes que lo apuntaban desde el otro barco. Una lluvia de balas chocaron contra la madera, atravesaron cuerdas y parte de su ropaje. Un trozo de metralla le rozó la pierna y notó sobre su piel, un ardor semejante al de un hierro incandescente.
Se deshizo de las cuerdas que lo sujetaban al timón y se dirigió a las escaleras que daban acceso al puente en donde se encontraba. Un grupo de soldados holandeses trataban de subir por ella incitados por un oficial que pretendía matarlo. Al primero lo recibió con una patada que le hizo caer por las escaleras y al segundo le atravesó el pecho con su florete. Después una multitud de estoques de aquellos soldados trataron de atravesarlo y tuvo que retroceder hacia el timón.

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Allí lo rodearon y durante unos instantes frenéticos, sucedieron movimientos de defensa y ataque, pasos que trataban de recortar distancia y otros de alejarla. Mandobles zigzagueantes para alejar al enemigo y ataques frontales de espada que pretendían ensartar. Entonces, un holandés erró en la embestida de su espada y exponiendo su rodilla adelantada, el corsario negro la quebró de una patada. Aprovechando la situación, uno de los contendientes trató de clavarlo por la espalda, pero el capitán girando sobre su pierna adelantada, cambió el sentido de su espada que perpendicular al suelo detuvo el ataque enemigo, prosiguiendo con un movimiento coordinado que atravesó con la punta del florete el cuello de su rival. Un tercer holandés se abalanzó sobre él, y aprovechando el impulso del atacante lo arrojó por la borda.
De las escaleras surgió un nuevo contendiente, esta vez impecablemente uniformado y repleto de adornos y galones que lo distinguían como oficial. En el primer intercambio de mandobles que rechinaron con estrépito, se dio cuenta de su refinada técnica y de que poseía una velocidad endiablada. Era un espadachín extraordinario. Pero no era momento para una clase de esgrima y sacando de su cintura un arcabuz le disparó a bocajarro en la cara.
Una orden suya fue suficiente para que un grupo de piratas subieran por las escaleras de los mástiles y agarrados a cuerdas, se arrojaran como péndulos sobre el navío enemigo. Sujetaban en sus bocas cuchillos con los que cortaron los cabos que sostenían las velas. Otro se abalanzó sobre un grupo de mosquetes que disparaban contra la batalla que se producía sobre el barco pirata sin distinguir a amigos de enemigos.
Con sus siguientes mandatos, hizo que pequeñas anclas sujetaran al barco enemigo como las garras de un felino agarran a su presa, para que a continuación sus artilleros dispararan los cañones sobre la proa de la embarcación de guerra holandesa a la que abrieron un boquete. Desde la bodega accedieron a las entrañas del holandés presentando batalla detrás de cada estancia, de cada caja y de cada objeto molesto. Se enfrentaron cuerpo a cuerpo como no manda ningún canon de lucha, pero de manera tan efectiva que los holandeses desbordados por cielo y mar decidieron rendirse.
El Corsario negro pensando en la maldad de su enemigo, se dirigió hacia Roque el Brasiliano que no cesaba de pedir clemencia. Todos en silencio escucharon como le decía al ponerse a su lado:
– Por lo que has hecho y haré a continuación nos juzgarán en el mas allá.-
Y sin esperar ni un instante le cortó el cuello con una daga, tan profundo que sólo la columna vertebral sujeto la cabeza, en donde los ojos totalmente desencajados, miraban con pavor al viejo pirata. Fue así como dejó el juicio para la providencia.
Los oficiales fueron arrojados a los tiburones desde un tablón sujeto a la cubierta y el resto de soldados fueron conducidos al interior de unos pequeños botes abandonándolos a la suerte de los caprichos del océano.
Un barco arrastraba al otro mediante un cabo. Viraron ambos hacia un destino que les permitiera restañar sus heridas y encontrar alguna distracción. No había mejor lugar cercano que la isla de Coco, un reducto de piratas lleno de leyendas en donde los esperaba sin saberlo un misterio increíble, pero esa aventura es para otro día.
Fue testigo de este acontecimiento, la luna llena, que sin perder su belleza y su brillo se reflejaba sobre unas aguas calidas y cristalinas como no hay otras, pertenecientes a lo que todos conocemos como el mar Caribe.
Fin

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