A LAS TRES DE LA MADRUGADA

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No todas las horas son iguales, algunas son especiales. Producen el inicio de algo perverso o de alguna desgracia irremediable. Para cenicienta, las doce de la noche, era el final del maravilloso encantamiento que la devolvían a la triste realidad. En cambio en los mitos vampíricos, la medianoche es algo mucho mas siniestro, como si fuese la hora del despertar de la maldad. En ese preciso instante, cualquier acontecimiento inesperado, llevará a un fatal desenlace, donde el depredador despertará del inframundo, para atacar a sus víctimas de manera implacable.

Viendo la película “The Conjuring, el expediente Warren”, la cual os recomiento, recordé que hay otra hora funesta. Se encuentra demasiado tiempo después del atardecer y suficientemente antes del amanecer. En la profundidad de la noche, cuando casi todos estamos dormidos y los pocos que se mantienen en vigilia, se estremecen ante cualquier sonido, que en medio del silencio, se convierte en inquietante. Si te despiertas a esa hora, actualmente no tengo duda de que se produce para que seas testigo de sucesos amenazadores. Como si la vileza demoníaca, quisiese hacerse visible para provocar un sufrimiento solo entendible dentro de los siniestros principios de la maldad. Sufrimiento, angustia, una tortura mental que te aproxima a la locura.

Carlos me lo contó entre temblores, susurrando como si alguien indebido nos pudiera escuchar.

-¡Es una maldición!- me lo dijo con tanto énfasis, que tuve que contener una carcajada.

-Estoy seguro, no puede ser de otra manera, ¿o como explicas, que yo, mi padre, abuelo y todos mis antepasados hasta tiempos remotos, puedan percibir algo del mas allá a la misma maldita hora?- continuo explicándose.

-Y todos tienen un fatal desenlace, es la hora del diablo- remató bajando su rostro, mientras esgrimía una cara desencajada a punto de sollozar.

Traté de tranquilizarlo, estaba sometido a un gran estrés en el trabajo y esos delirantes comentarios, los asocié a eso.

Me comentó que la primera vez, le sucedió cuando tenía 11 años en la casa de su abuela en Pontevedra. Pertenecía a una familia acomodada venida a menos. El hogar, era en realidad un palacete compuesto de 12 habitaciones. Su tamaño era tan grande, que tenían un sistema para comunicarse muy particular. Consistía en una cuerda suspendida del techo de cada habitación. Al tirar de cualquiera de ellas, se accionaba un mecanismo que conectaba directamente con unas campanillas que se hacían sonar en la cocina, con el fin de avisar al personal doméstico cuando se precisara.

Por la noche, la abuela se encontró mal y sus padres la llevaron con urgencia al hospital. Por este motivo, se quedó solo en el palacete.

Pronto sintió miedo. Aquel lugar era tenebroso; techos altos, cuadros y muebles de otro tiempo que a la luz de las velas proyectaban sombras tenebrosas que parecían danzar. No pudo dormir pensando que algo saldría del armario, de debajo de la cama o se le aparecería en el marco de la puerta de la habitación obstaculizando cualquier huida. Pero un acontecimiento sucedió a las tres de la mañana que le heló la sangre.

Aunque no había nadie en el hogar, escuchó el sonido de una campanilla proveniente de la habitación de servicio. Como si alguien hiciera un llamado desde alguna habitación.

Estaba tan aterrado, que no se movió de la cama, hasta que llegaron sus padres, pensando que así pasaría desapercibido para ese ente. Pero pronto olvidó este hecho porque sus progenitores, le traían una luctuosa noticia. Su abuela había muerto.

Yo lo consideré una mera casualidad. ¿Qué relación podía tener una hora con la muerte?. No podía creer en esa conexión, hasta que años después sucedió algo que cambiaría mi manera de pensar.

Tiempo después y ya muertos sus padres, Carlos vivía con su hermano en la antigua casa que habían heredado. A pesar de sus malas relaciones que eran conocidas por todos, al no disimular lo mas mínimo su desprecio mutuo y sus continuas disputas, las dificultades económicas les obligaron a compartir el hogar.

En pocos meses, inexplicablemente su hermano falleció a pesar de su juventud. Todos dudaban de la misteriosa muerte, pero el medico forense sentenció que la causa había sido un ataque al corazón. Las malas lenguas, decían que el culpable era Carlos, por la tensión que provocaban sus continuas disputas.

Hasta hace muy poco en Galicia, velábamos a los muertos en sus casas. La familia se veía obligada a hacer comida para alimentar a los parientes y amigos que venían de lejos. Acudí a saludar a Carlos que se encontraba muy abatido y con un fuerte sentimiento de culpa, por no haberse despedido de su hermano de manera mas amistosa.

Un ataúd en una casa, la convierte en un lugar tétrico, que genera una atmosfera agobiante. A pesar de eso, le acompañé hasta que no quedaba nadie en la casa.

Me fui triste por Carlos. Solo y con sentimiento de culpa, es un caldo de cultivo perfecto para una depresión. Pero ese sentimiento de pena se tornó en terror, cuando al día siguiente, me llamó la prima de Carlos para decirme que este había muerto la noche anterior.

Tiempo después, me dijeron que lo encontraron con la cara desencajada, una extraña mueca que parecía embargada por el terror, donde sus ojos aparentaban estar a punto de salirse de sus orbitas. Como si hubiesen visto algo que lo sobrecogió hasta el punto de provocar un colapso en su aterrado cuerpo. Pero si eso era curioso, también lo fue el hecho de que todos los relojes de la casa se hubiesen detenido a las 3 de la madrugada.

Me quede tan afectado por su muerte, que no quise ir a su entierro y es algo de lo que aun hoy en día me arrepiento, espero que Carlos me lo perdone. Aunque si no lo hace, quizás venga algún día a buscarme a las 3 de la madrugada.

MANCROW

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